Way of The Wicked

Sesión 27

Esa noche el Caer Bryer estaba inusualmente silencioso, a excepción de un golpeteo metálico. Entre las ruinas del Cuerno de Abbadon, una figura acorazada había montado una improvisada fragua con lo que había logrado recuperar de la devastación, y mientras mantenía la mano izquierda metida en el fuego hasta el codo, con la derecha la golpeaba con un brutal martillo. Finalmente, levantó el guantelete hasta sus ojos y flexionó los dedos, asintiendo satisfecho. Dentro de su yelmo, una runa amarilla parpadeó y desapareció. Ahora sólo quedaba limpiar la placa pectoral, que tenía una enorme quemadura circular en el centro.

Acarició la marca con los dedos, pensativo. La adamantita estaba tan lisa como siempre, pero incluso a través de la armadura el contacto todavía resultaba doloroso. Había sido ayer, y sin embargo habían sucedido tantas cosas que parecía mucho más.

El avoral atacó totalmente por sorpresa el penúltimo día del ritual. El Noveno Nudo se había encerrado en el sánctum, derribando uno de los muros interiores, y usando los escombros para entorpecer el camino de cualquiera que subiera por las escaleras. Qué irónico que ninguno de sus atacantes escogiera ese camino…

En pleno ritual, la bestia-hombre se levantó de un salto, aullando sobre sus cuartos traseros a la pared. Maldrek pensó que estaba loco, hasta que oyó el silbido de algo enorme que se precipitaba contra el Cuerno. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que la pared estallara hacia dentro, destrozada por una enorme roca, y una horda de águilas gigantes entrara en tromba por el agujero. Y tras ellas… esa repugnante criatura celestial, el avoral que atacó unos días antes y que tantos dolores de cabeza les dio. Algo en su actitud le dijo que esta vez no se retiraría: este sería el combate final. Tras comprobar que el nigromante y el drow todavía se estaban despertando, el avatar de Asmodeo se lanzó un conjuro protector y se avanzó decidido hacia la criatura, que aleteaba justo fuera de su alcance, para proteger a sus compañeros.

El avoral se giró hacia él, reconociendo de inmediato el símbolo de su pecho que Maldrek lucía con orgullo, y agitando las manos, empezó a proyectar un brutal relámpago hacia él, que impactó en el pecho al asmodita. El clérigo se tambaleó bajo el ataque, pero reunió todas sus energías místicas y lo combatió. Bajó la cabeza, apretó los dientes y dio otro paso al avoral. Y luego otro. Y otro. Incrédulo, el sirviente de Mitra lanzó un segundo ataque eléctrico al behemoth que se le aproximaba, impasible, imparable.

-¡Muere, ser infernal! ¿Por qué no mueres?
La respuesta de Maldrek fue lanzarle su maza a la cara, golpeando brutalmente a la criatura… aunque se las arregló para resistir el conjuro que contenía, y finalmente lanzar un tercer rayo.

Éste superó las defensas de Maldrek, y la electricidad comenzó a recorrer su cuerpo, provocándole terribles quemaduras. En su yelmo, una runa de peligro de un rojo enfadado se encendió, advirtiendo de que peligraba la integridad estructural de la armadura. Aun así, Maldrek avanzó dos pasos más, y a unos metros, tan solo unos metros del avoral, su rodilla cedió, y por primera vez se vio cediendo ante un enemigo. Era, sin duda, su fin, y Maldrek sólo sentía frustración. Tan cerca de acabar el ritual…

Un enorme proyectil rojo impactó contra el avoral, estampándole contra un lateral del sánctum y haciendo temblar las paredes. Grumblejack, el brutal servidor del drow, se hallaba ahora golpeando salvajemente al avoral, descargando un golpe brutal tras otro con terrible eficacia, sin duda enfurecido por su derrota anterior. Ante la acometida, el ser intentó escapar, pero fue cazado por las flechas certeras de la bestia-hombre y derribado. El Noveno Nudo había vencido…. Por ahora.

Una voz sonó a sus espaldas, sacándole al clérigo de su ensoñación.

-Vaya, querido. Veo que has recuperado el poder del fuego.

Maldrek se giró sorprendido, y pudo ver a una bella mujer salida aparentemente de ninguna parte.

-Hola, Tiadora. ¿Qué haces aquí? Ya te informamos de nuestra victoria.

-Oh, no te preocupes. Es una visita de cortesía, no de trabajo – dijo el ser, caminando seductoramente alrededor de Maldrek – Hay algo diferente en ti. Algo ha cambiado. Estás más… decidido – su uñas rascaron la placa de la espalda -. Sí, definitivamente. Parece que albergas un nuevo poder y un nuevo propósito. ¿Algo que contar?

Maldrek la escrutó unos segundos: “Nada. Me alegro de haber cumplido la misión, simplemente”.

-Mientes.

Se hizo una pausa, y Tiadora le sostuvo la mirada desafiante, mientras los segundos se convertían en minutos. “Pero no me importa”, dijo al fin. “Es indudable que gozas del favor de Asmodeo, así que no tengo nada que decir. Los mortales vais y venís, siempre con vuestros juegos. No me conciernen”, señaló, acariciando su pecho. De pronto, su garra saltó hasta la garganta de Maldrek, y sin esfuerzo aparente se clavó en la cota de malla del cuello, atravesándola y haciendo saltar una gota de sangre. “Pero recuerda: lo primero es la causa de Asmodeo. Si haces peligrar eso, yo misma haré que desees morir”.

Tal como se acercó, la diablesa se apartó, y sus ademanes volvieron a ser juguetones. Recogió un casco del suelo. “¿Un paladín de Mitra?”, preguntó, levantando una ceja.

-Sí. Él y su grupo atacaron el último día. Aún estoy reuniendo información, pero parece que era familia de una de las víctimas que dejó el Noveno en Balentyne, un tal ¿Sir Thomas Havelin?

-Interesante. Muy interesante… ¿Qué ocurrió? – exigió Tiadora.

-Aparecieron atravesando la pared, abriendo un túnel y con luz mágica. Eran un grupo realmente duro: un mago, un clérigo del débil dios de los corderos, un guerrero salvaje y el propio paladín. Sufrimos pérdidas terribles, sobre todo la escolta de Kraihos, y estuvieron a punto de superarnos. Afortunadamente, logré acabar con su clérigo, mientras el propio Kraihos liquidaba con su magia a su hechicero, igual que hizo con Elise Zadaria. A partir de ahí, la batalla fue sangrienta, pero estaba decidida.

-Entiendo. Es lo que quería saber. Te dejo para que sigas reparando el don de Adrastrus -dijo con voz burlona, y lanzó un gorjeo cruel al ver la rigidez del gesto de Maldrek – . ¿Sabes? Yo podría librarte de esa armadura… – señaló, acariciándole insinuante.

-Ya conozco tu precio. No seré tu esclavo, ni tuyo ni de nadie. He nacido para reinar, no para inclinarme.

Tiadora se rio, alejándose, cuando se giró repentinamente. “Una cosa más, Maldrek. La guerra se acerca, con todo su horror y toda su gloria. No cometas errores… Y puede que consigas ese reino que tanto ansías. O puede que mueras en cualquier parte, olvidado para siempre por todos. ¡Ya veremos!”.

Maldrek la observó marcharse en una nube de humo infernal. Como siempre que hablaba con ella, se sentía frustrado por sus burlas, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que le había dicho mucho más de lo que aparentaba. Si al menos lograra entenderla…

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dmartind_81 DrHeiter

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