Way of The Wicked

Odio

Noctis estaba trabajando con una sonrisa de oreja a oreja. Había sorprendido a rata intentando colarse en la habitación del amo; un animal enorme e hinchado por la influencia maligna del Cuerno, que avanzaba arrastrando su panza y mostrando sus dientes afilados y amarillentos mientras lo escrutaba todo con sus ojuelos estúpidos y malignos. Era mucho mayor que el pequeño imp, pero éste disfrutaba utilizando su capacidad para volar para sorprender a los enemigos, clavarles su aguijón y llenarlos de veneno.

Ahora se encontraba abriendo en canal con sus garras a la paralizada rata. Su interés no era tanto su interior estaba demasiado acostumbrado a las pequeñas torturas, como en la mirada de la rata al escapársele la vida. De repente, la puerta se abrió, y los pasos pesados de su amo retumbaron mientras su figura blindada ocupaba todo el umbral. Su armadura estaba salpicada de sangre, pero no parecía sufrir heridas. A decir verdad, estaba exultante. Su mirada se posó en el imp, que le miraba burlón con los bracitos aún cubiertos de vísceras de rata.

-¡Ah, imp número cuatro! ¡Aquí estabas, escondiéndote como el pequeño bastardo cobarde que eres! ¡Ven! Ayúdame a preparar los ritos de alabanza a Asmodeo. Acabo de enviar al Infierno a los supervivientes el traicionero Séptimo Nudo, y quiero saber si al Príncipe Oscuro le ha gustado mi sacrificio.

Divertido, Noctis revoloteó por toda la habitación, llevando pequeños objetos y estorbando más que ayudando a Maldrek. Le irritaba el despreció que le mostraba. ¿Es que no se había ganado todavía un nombre? ¿Es que no merecía acompañarle en batalla? Rara vez se acordaba de él, salvo para ordenarle tareas ingratas y denigrantes. Aun así, era demasiado poderoso para atacarle directamente, y obviamente estaba plenamente comprometido con la causa de Asmodeo, así que tampoco podía hacer gran cosa contra él.

Las horas pasaron, y el olor a incienso cargaba la habitación. Los ritos habían sido completados, y el clérigo llevaba horas meditando. Un humor distintos flotaba en el ambiente, olvidada ya la euforia. Conocía ese estado. La melancolía se apoderaba a menudo de Maldrek, y éste se sumía en un estado meditabundo, pero esta vez había algo diferente, más intenso. Como de costumbre en ese tipo de momentos, le echó de la habitación.

- Noctis, déjame solo – ordenó con voz profunda el clérigo.

- Sí, amo – croó el imp, aunque esa vez se ocultó entre las velas para espiar. Su curiosidad era demasiado intensa como para ser contenida en esta ocasión, y presentía que algo maligno flotaba en el aire, amenazador.

Observó cómo el clérigo se erguía lentamente, y se iba desprendiendo de su sobretodo. Su figura acorazada no dejaba ninguna concesión a la piel, a la naturaleza. Allí quiero parecía un brutal monolito al triunfo de la industria sobre la naturaleza, del fuego sobre la carne, del martillo del artesano sobre la caricia de la madre. Entonces Maldrek extendió la mano ante su cara, examinando el guantelete.

- Te odio musitó. Me odio. ¿Por qué me hiciste esto? ¿En qué me has convertido? Soy más metal que hombre.

Hizo una larga pausa, reflexivo.

- Hoy he resucitado a una mujer, una poderosa bruja. Estaba muerta, total y absolutamente, pero la obligué a volver a la vida para mi deleite, para tener una herramienta que usar para ganar poder ante los ojos de Asmodeo y de Adrastrus. Y, sin embargo, sigo siendo incapaz de sanar la única herida que me importa. La que tú me infligiste.

Lentamente, su mano comenzó a iluminarse con una pulsante luz roja. Noctis había visto mil veces a su amo usar su poder para curar, pero, sin embargo, esa luz le llenaba de terror incluso a él. No había vida ni calor en ella.

Maldrek apoyó la mano en su pecho, y la luz fluyó como algo vivo, penetrando la adamantita como si no existiera, inundándole. El tiefling empezó a gritar de dolor, y de entre las junturas de la armadura empezó a supurar el icor negro que tenía por sangre.

- ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Sana, cuerpo maltrecho! ¡Yo te lo ordeno! ¡CÚRATE!

El rugido de Maldrek hizo templar el velón tras el que se ocultaba imp, pero éste ni lo notó. Estaba absolutamente sobrecogido por la escena que se desplegaba ante sí. El clérigo se había vencido, pero aun estando rodilla en tierra su mirada resultaba más fiera que la de un rey bárbaro dirigiendo a sus ejércitos. Dirigiéndolos contra sí mismo. La sangre manaba ya abiertamente en riachuelos, y la armadura sonaba aquí y allá al desprender sus garfios de la piel carbonizada, aflojando su presa a regañadientes, mientras los conjuros del cardenal pugnaban por evitarlo.

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo consigo! ¡Lo estoy consiguiendo! -gritó de pronto el clérigo, cuando una de las placas pectorales se aflojó y quedó colgando de las correas que la asían a las demás. Bajo ella, se atisbaba todavía músculo ensangrentado y hueso, aunque una película de piel roja lo salpicaba con un archipiélago en un océano de dolor.

El alivio en la cara del clérigo era patente, y Noctis diría que… sí, definitivamente aquello era esperanza. La mueca de dolor dio paso a una sonrisa, y el tiefling redobló sus esfuerzos. El alivio invadía su cara, y su semblante reflejaba ahora verdadera alegría. Por primera vez, Noctis vio cómo el autodesprecio y el odio daba paso a algo diferente, a un corazón lleno.

Y entonces todo se estropeó. El torrente de magia que fluía por su brazo empezó a hacerse más y más débil, y pronto la energía dejó de inundar a Maldrek para ser unos zarcillos mágicos se le escapaban de entre los dedos en todas direcciones, desvaneciéndose en el aire. La armadura, como algo vivo, volvió a acercarse y a extender sus ávidos garfios, como manos hambrientas pidiendo pan, enterrándose en la carne del clérigo, abrazándose al hueso, afianzándose más que nunca.

- ¡No! ¡NO! ¡NO! ¡Asmodeo, no me hagas esto! ¡Sigo teniendo fe, aunque no odie! ¡Sigo siendo fiel! ¡No me devuelvas a esta prisión! ¡Déjame ser libre un minuto más! ¡NOOOOOOOO!

Finalmente, Maldrek se desplomó, agotado, exhausta su magia. Postrado, comenzó a sacudirse, y Noctis supo que esos extraños ruidos ahogados ocultaban a su amo llorando.

- ¿Por qué no me dejas vivir sin odio, mi Señor? ¿Por qué todo mi poder debe nacer de la ira? ¿Por qué me das poder, si no puedo usarlo para lo que más deseo?

-ERES DÉBIL.

Los sollozos se interrumpieron, y se hizo un silencio sepulcral. Noctis no se atrevía ni siquiera a respirar. ¿De dónde venía esa voz, profunda y terrible, que le había helado el corazón?

- ¿Quién eres? ¿Adrastrus? – dijo Maldrek, poco convencido. Era evidente que se trataba de un poder mucho, mucho más antiguo y malvado incluso que el propio cardenal.

-ERES DÉBIL. TÚ NO SABES LO QUE ES EL PODER, NI LO MERECES.

Maldrek se recompuso sorprendentemente rápido. “Sí lo sé, y lo merezco. Hasta ahora me lo has dado, ¿y acaso no te he servido bien?”. Noctis no pudo evitar admirar al tiefling, pues él estaba paralizado de terror, pero éste replicó al Príncipe Oscuro. Con duda, al principio, pero a medida que las palabras salían de su boca ganaban fuerza y seguridad. “¿No he destruido a todos aquellos que se han opuesto a Tu Obra, aun cuando nadie más creía en la victoria? ¿No te he enviado almas, ni he arrancado la vela de muchos ojos que no podían ver Tu Verdad? ¿No soy, en definitiva, el que sigue aquí, ante ti, cuando tantos otros han perecido?”.

-¿Y? DERROTAR A LOS LACAYOS DEL DIOS DE LOS CORDEROS NO TE HACE FUERTE. SIGUES SIENDO DÉBIL. SI TANTO PODER TIENES, ¿PARA QUÉ LO USAS? ¿PARA INTENTAR DESHACER MI OBRA, PARA ESCUPIR EN LAS GRACIAS QUE TE CONCEDO? ¿PARA QUÉ QUIERES EL PODER?

Maldrek calló, y los minutos pasaron. Noctis empezaba a pensar que después de todo era un mero mortal, y que estaba demasiado aterrorizado para contestar al Duque del Infierno, pero entonces habló. Su voz era tan baja que apenas pudo oírse, pero era firme.

- Quiero el poder para vengarme. Quiero hacer sufrir a todos los que me golpearon e insultaron. Quiero un mundo en el que yo reine supremo sobre todos los que se atrevieron a menospreciarme. Quiero un mundo en el que nadie, nunca, jamás, pueda destruir a sus superiores por miedo. – Levantó la mirada, orgulloso, y miró abiertamente al vacío. – Quiero un mundo en el que nuestros enemigos se oculten entre las sombras, temiendo que los verdaderos hijos de Asmodeo posen su mirada justiciera sobre ellos. Quiero deshacer el crimen que se cometió al negarte Tu lugar entre los dioses, y quiero que tus hijos ocupemos nuestro legítimo lugar: gobernando, dominando, reinando supremos para llevar Talingarde a la grandeza, para tomar las decisiones que nadie se atreve a tomar. Para acabar con los siervos de Mitra, que mantienen a la plebe dormida con sus dulces mentiras y falsas sonrisas, arrojando al abismo a los seres que, como yo, estropeamos su visión perfecta de la sociedad. Bueno, pues este ser ha vuelto del abismo Maldrek estaba gritando ahora para hundir la mano en su pecho y enseñarles sus corazones palpitantes mientras dejan de latir. ¡Yo seré la oscuridad que temen cuando están solos por las noches, yo seré aquello por lo que rezan a Mitra para que les proteja! ¡YO. SERÉ. SUPREMO!

Maldrek guardó silencio repentinamente. “Y, por encima de todo” musitó, “quiero hacer sufrir a quien me ha convertido en esto. Quiero ver a Adrastrus Thorn a mis pies suplicando clemencia”.

El silencio volvió a tomar la cámara, el aire preñado de amenaza. No flotaba ningún sonido en el ambiente, pero sin embargo no le cabía duda de que el Príncipe Oscuro seguía ahí.

-¿ESTÁS SEGURO DE QUE ESO ES LO QUE QUIERES?

-Sí -contestó Maldrek. ¿Era eso una nota de temor en su voz? ¿Pensaba que había traspasado una línea al dejarse llevar y temía las consecuencias?

-¿SABES QUE DESPUÉS DE ESTO NO HABRÁ VUELTA ATRÁS? ¿QUE ESTARÁS CONDENADO Y SERÁS MI SIERVO HASTA QUE DECIDA DEVORAR TU ALMA DURANTE TODA LA ETERNIDAD?

-¡Sí! -respondió, esta vez con más aplomo.

-¿SEGUIRÁS MIS INSTRUCCIONES Y ANTEPONDRÁS MI GLORIA A TUS PATÉTICOS DESEOS PERSONALES?

-¡SÍ!

-DESEO CONCEDIDO.

La oscuridad se iluminó con rayos de energía carmesí que brotaban de todas partes, golpeando el cuerpo de Maldrek, suspendiéndole en el aire. Su armadura, que tan difícil había sido de quitar, fue arrancada de su cuerpo de un golpe, lanzando en todas direcciones trozos de carne y hueso. Bajo ella, su cuerpo, más devastado incluso de lo que el imp hubiera podido imaginar, comenzó a cambiar, con la carne fundiéndose y corriendo como lava, los huesos reconfigurándose.

A pesar de las decenas de miles de horas de tortura a sus espaldas, Noctis apartó la vista, asombrado, pues el dolor que estaba sufriendo el tiefling estaba más allá de lo que nadie debería haber podido soportar, y sin embargo no gritaba. Finalmente, cuando abrió la boca fue para decir:

-¡Dame poder! ¡Quiero el poder, todo el poder, poder ilimitado! ¡LO EXIJO! ¡HOY TE RECLAMO MI DERECHO DE NACIMIENTO! ¡¡¡MALDREK SERÁ SUPREMO!!!

En el pecho del tiefling, en su frente, por todas partes, comenzó a formarse el pentáculo de Asmodeo. Sus brazos cobraron nueva fuerza, y sus hombros se ensancharon. Su misma alma brillaba a los ojos del imp con un fulgor cegador. Y entonces, la armadura volvió a caer sobre él, colocándose en su lugar, clavando los crueles garfios en la carne. Sólo que esta vez el cuerpo de Maldrek parecía abrazarla, aferrando gustosa sus anclajes, tensándose a su alrededor, estrechándola con la pasión de un amante.

Finalmente, los rayos desaparecieron tal como habían aparecido, y Maldrek cayó al suelo, humeando. Transcurrieron unos instantes, en los que Noctis se preguntó si habría muerto o perdido la razón tras la ordalía.

Lenta, muy lentamente, Maldrek comenzó a moverse. Primero los dedos, luego la mano, y pronto se pudo apoyar para sentarse en el suelo, y después erguirse. Sus ojos brillaban con una luz naranja, ardiente como los ríos de fuego del Infierno, que antes no había estado ahí. Como un eco, la escena se repitió, y Maldrek levantó la mano ante su cara, examinándola. Pero esta vez comenzó a reírse. No había alegría en esa risa, sino sólo odió y una promesa de muerte.

Noctis había tenido suficiente. Se escabulló entre las velas, con una opresiva sensación indeterminada en el pecho, una mezcla de asombro, orgullo, y el más profundo y abyecto terror que una criatura como él podía sentir.

Comments

Esta muy bien, pareces dath vader jajajaja

Odio
 

Jajajajajaja, bien visto, es que de ahí viene. En un pasaje de Sombras del Imperio, Darth Vader se intenta curar, pero cuando deja de sentir ira, pierde el poder del lado oscuro y las heridas vuelven a surgir. Me encantó esa idea cuando lo leí, y me pareció que pegaba.

Odio
dmartind_81 dmartind_81

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