Way of The Wicked

La caída del Cuerno de Abaddon

El nigromante recorría con los dedos la pulida superficie del cráneo que sostenía entre sus manos. Eran los restos del último clérigo de Mitra que había osado desafiar su poder. Pero mientras mantenía sus ojos fijos en aquella calavera, su mente se encontraba vagando por muy diferentes parajes. Tras el tiflin se encontraba como siempre su guardián. Thanos contemplaba inexpresivo los restos de lo que hacía apenas unas horas había sido el imponente Cuerno de Abaddon. Ahora el antiguo templo de los Hijos era una gigantesca pila de escombros rodeada por una enorme nube de polvo. Los pocos esqueletos que habían sobrevivido al colapso del Cuerno se dedicaban a escarbar entre las piedras en busca de cualquier cosa útil que pudieran encontrar. Hasta el momento sólo habían conseguido desenterrar algunos esqueletos más e innumerables restos de cadáveres. Thanos no pudo evitar sentirse aliviado por haber sobrevivido. En el centro de aquella enorme mole de escombros se encontraba el enorme dragón plateado, ahora convertido en un zombi al servicio de Krahios, buscando entre los restos mientras el polvo se levantaba a su alrededor. Junto al nigromante montaba guardia el esqueleto de un gigantesco tigre. Estos eran, junto a los esqueletos humanos, los únicos sirvientes de Krahios que habían sobrevivido. Aquel maldito sacerdote había acabado con Goliath, con Kumanda y con sus Escudos Sangrientos. Pero Thanos sabía que su maestro recompondría sus tropas con el tiempo y que a cada día que pasaba su magia se tornaba aún más poderosa. Él podía sentirlo también en su interior, a medida que los poderes del tiflin aumentaban también lo hacían los suyos. Los ojos de Thanos se detuvieron contemplando la enorme figura del zombi dragón. Aquella criatura tan impresionante era una de las mayores muestras de poder mágico que había presenciado en su vida, y sin embargo su maestro no parecía demasiado contento con los resultados. Thanos sabía que nunca lo estaría. Su maestro era de esa clase de personas que jamás buscaban compararse con nadie sino superarse a sí mismos y estaba claro que eso lo conseguía cada día.

Unos pasos cortos, seguidos de un ligero arrastrar de pies, sacaron a Thanos de sus pensamientos. Uriak se acercaba. Aquel hombrecillo era el único sirviente mortal del nigromante cuya presencia pese a ello era discreta y silenciosa. Resultaba llamativa la suerte o falta de ella que perseguía a aquel humano, pues siempre lograba sobrevivir aún a pesar de sus propios deseos, ya que debido a los fuertes dolores que le producía con frecuencia la lesión que provocaba su cojera, Thanos sospechaba que no hervía precisamente en deseos de vivir. Aquel hombre triste y silencioso que consideraba su desdichada existencia como un mero trámite y esperaba su muerte incluso con cierta impaciencia había, sin embargo, sobrevivido donde otros con mayor motivación habían perecido. El destino, pensó Thanos, no carece en absoluto de ironía.

-Maestro – dijo el hombre mientras se erguía frente al nigromante enarbolando su pala desgastada y cubierta de polvo – encontré esto.

Las encallecidas manos de Uriak señalaron un objeto surgido de entre una montaña de escombros. La astada calavera de Goliath reposaba totalmente indemne sobre los restos de piedra del altar de Vetra Kali.

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Los ojos del nigromante se abrieron de par en par contemplando aquel cráneo. Resultaba prácticamente imposible creer en la suerte que tenía aquel hombrecillo para desenterrar cosas. El tiflin se acercó con paso lento hasta los restos mientras llamaba a su lado a dos de sus esqueletos humanos. Como activado por un resorte Abaddon se levantó para seguir a su maestro al igual que hacía Thanos. Con un gesto solemne que contenía incluso cierta ceremonia, el nigromante hizo levantar el cráneo a sus esqueletos tras lo cual les señaló unas cadenas con una mano y al zombi dragón con la otra. Los esqueletos se apresuraron a cumplir la orden con una considerable habilidad tratándose de cadáveres andantes y utilizaron las gruesas cadenas de hierro para engarzar en el pecho del dragón el cráneo astado del minotauro. Thanos no podía evitar preguntarse si aquellos esqueletos no estaban desarrollando cierto tipo de macabra inteligencia. En silencio continuó observando mientras los esqueletos terminaban su tarea y volvían a dedicarse a su misión de buscar entre los escombros.

Las miradas de Thanos y Krahios se cruzaron mientras ambos contemplaban, cada uno perdido en sus propios pensamientos, los restos del Cuerno.

- Gracias maestro – la voz sobrenatural del campeón esqueleto se filtró a través de su yelmo llenándola de matices metálicos.

Krahios observó a frente a frente a su guardián, sin duda su mayor obra y a la vez lo más parecido que tenía en el mundo a una familia, aunque dada su excéntrica personalidad sus huestes de esqueletos en cierto modo también lo eran.

No había resultado nada fácil sacar del templo a sus sirvientes mientras todo se derrumbaba a su alrededor. Krahios, como siempre, había hecho alarde de ingenio y rapidez de pensamiento cuando hizo uso de uno de los pergaminos portados por sus últimos atacantes para abrir un portal mágico en el muro que los permitiera salir a todos a tiempo. Todo ello mientras el resto del Nudo, aterrorizados, le exigían que hiciera uso de su magia para teletransportarles únicamente a ellos al exterior.

-Ninguno de los dos va a morir – Krahios le restó importancia con un gesto de su mano.

Thanos observaba fijamente a su maestro mientras éste comprendió al momento lo que lo inquietaba. El campeón esqueleto sabía que su existencia se debía únicamente a la capacidad mágica de su maestro y que éste al ser una criatura mortal en algún momento sería, como todos, reclamado por la muerte. Thanos sabía perfectamente que cuando Krahios muriera él desaparecería también, volviendo de nuevo al reino de la muerte del que su maestro lo trajo de vuelta.

Krahios buscó entre sus ropas y palpó un grueso libro de color oscuro. Aquel pesado volumen parecía encontrarse envuelto en sombras de forma permanente y resultaba gélido al tacto. Echaría de menos el Cuerno. Gracias a la magia sacrílega de aquel lugar, cada semana dedicada a sus estudios arcanos allí había supuesto un avance equivalente al de un mes en la más completa biblioteca mágica de cualquier otra parte del mundo. Su estancia en el Cuerno le había abierto los ojos ante la realidad de la auténtica magia, llegando incluso a demostrar los errores de las teorías consideradas como pilares fundamentales de lo arcano. Y ahora el Cuerno y sus secretos quedarían sepultados para siempre. Por suerte había logrado salvar todos sus escritos y antes de retirarse para fortificar el sanctum había recogido del laboratorio todo su instrumental. Todos sus libros habían sido puestos a salvo. Todos sus libros más el que ahora guardaba bajo su túnica. El nigromante engarzó el cráneo del sacerdote que aún sostenía para fijarlo a la cadena que ya colgaba de su cintura y lo depositó junto al del Padre Donigam. Levantó sus ojos hacia el horizonte. La etapa del Cuerno quedaría atrás como tantas otras de su vida y muchos de sus errores y recuerdos quedarían enterrados para siempre junto a sus sirvientes bajo el Cuerno. Aún le quedaba mucho trabajo por delante, aún quedaba un vasto mundo de conocimientos y secretos por explorar, esta vez en solitario, sin la falsa guía y los prejuicios de un maestro que realmente nunca lo fue. Por primera vez en su vida Krahios se sentía enteramente libre. Sin duda su maestro volvería a cruzarse en su camino, probablemente con malas intenciones después de que el tiflin le hubiera robado. Pero por el momento la magia del espectro, vinculada en gran medida al poder del Cuerno, había sufrido un fuerte revés. Su maestro se recuperaría pero para cuando ese momento llegara estaría más que preparado.

El nigromante continuó contemplando las ruinas mientras sus dedos acariciaban la “D” grabada con runas en la cubierta del libro.

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dmartind_81 Ivan82

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