Way of The Wicked

Sesión 20

Los Pecados de Posca

Los pecados de Posca

De nuevo el enano despertó. Apenas abrió sus ojos amoratados pudo recordar donde se encontraba, mientras el aturdimiento propio del sueño abandonaba lentamente su cabeza. Una y otra vez se preguntaba cómo había pasado todo esto. A veces, reflexionando en los confines de su celda, dolorido por los golpes y con sus ojos hinchados escrutando la oscuridad, todo le parecía extrañamente irreal, como si aquello se tratase sólo de un mal sueño. Pero desgraciadamente los demonios que lo atormentaban eran terroríficamente reales. Ahora su único consuelo era lamentarse, y seguramente morir. El enano rezaba a los dioses, a todos de cuántos en alguna ocasión había oído hablar, para que esa muerte llegara pronto y que fuera rápida.

Recordaba como hacía unas semanas él y sus tres compañeros encontraron un antiguo diario en un populoso mercado de Magnimar. Tasker siempre decía: “ Toda gran aventura comienza siempre en Magnimar y toda gran aventura se encuentra repleta de riquezas”. Recordaba como su amigo semiorco siempre pronunciaba estas palabras con una sonrisa de oreja a oreja que iluminaba su rostro mientras dejaba a la vista su potente dentadura. Cuando el mercader les habló sobre el autor del diario, Sir Sadrith Rensor, joven escudero de Lord Robston Faltzror, les explicó como este caballero en sus días de juventud participó en la conquista de un templo llamado el Cuerno de Abaddon, utilizado por Los Hijos del Jinete Pálido como base de operaciones para extender la muerte y la pestilencia por toda la isla de Talingarde. El mercader hablaba de las grandes riquezas que los caballeros dejaron atrás en aquel lugar maldito por los dioses. Riquezas que esperaban a aquellos intrépidos que tuvieran el valor suficiente para adentrarse en las profundidades de la tierra a reclamarlas. Puede que los supersticiosos lugareños de Farholde, la ciudad cercana al Cuerno, no pudieran reunir el valor de hacerse con sus tesoros, pero los cuatro valientes compañeros consideraron que no resultaría muy difícil saquear un lugar abandonado hace casi un siglo y que sin duda un viaje de unas semanas en barco valdría la pena.

Traya, la hechicera humana que lideraba el grupo, decidió comprar aquel diario pese a su elevado precio mientras Hassan, el enorme ifrit que aportaba fuerza bruta al grupo, amenazó al hombre con volver a visitarle si aquel diario resultaba ser falso.

Pero el diario era totalmente auténtico. Cuando los cuatro desembarcaron en Farholde se encontraron con una pequeña y aislada población. Allí realizaron algunas pesquisas y dieron en el antiguo distrito del templo, ahora ocupado por varios mercaderes, con una antigua carta escrita por Lord Robston a su esposa. Lo último que aquel caballero escribió en toda su vida.

Malditos mercaderes. Posca se lamentaba mientras realizaba un doloroso intento por estirar sus maltrechos miembros dentro del poco movimiento que le permitían aquellos grilletes de hierro. Malditos todos los mercaderes y el dios que les ampara. Maldito Abadar. Maldito Cuerno de Abaddon y maldito el día en que su codicia lo condujo a este lugar. Sabía que sus compañeros lo consideraban un avaro cuya única motivación era el oro. La primera vez que puso sus pies en esta isla lo hizo con la codicia brillando en sus ojos y ahora la desesperación era lo único que se podía ver en ellos.

Sus esfuerzos por desentumecerse provocaron un suave tintineo metálico en las cadenas. Posca, antes llamado el Mercader, sospechaba que esos grilletes estaban hechizados para dificultar su huida. Desde el momento en que le fueron puesto todo deseo de escapar desapareció de su espíritu y su ánimo se tornó letárgico y sumiso. Maldita magia. Malditos magos. ¡Que insoportable dolor al saberse olvidado por Abadar!. Malditos dioses.

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Tras unos días en el pueblo consiguieron unas indicaciones que parecían suficiente para localizar el Cuerno de Abaddon. Pero resultaba muy difícil orientarse en la espesura de aquel bosque. Vagabundearon varios días hasta dar con el claro donde se erguía, maligna y majestuosa, la espira que albergaba el templo. Aquella monstruosidad ya vislumbrada de lejos provocaba respeto. Sin duda algo pasaba en los alrededores del Cuerno. Un aura de maldad antinatural rodeaba todo el lugar y la vegetación del bosque se tornaba gris y mortecina en los bordes del claro. Tasker saltaba aquí y allá sobresaltado jurando que algunas de esas plantas se movían como si tuvieran vida propia. Si tan sólo le hubieran escuchado. Posca sentía claramente el poder y la maldad que emanaban del Cuerno, pero se lo ocultó a sus compañeros por miedo a desanimarlos y que quisieran marcharse sin hacerse con los tesoros del templo. Posca estaba aquí por el oro y no pensaba marcharse con las manos vacías. Como siempre, Traya se mantuvo en calma y logró mantener centrado al grupo en su objetivo. Ella por su parte no paraba de preguntarse qué poderosos artefactos mágicos hallaría en aquel templo, qué poderosos hechizos serían suyos cuando lograra penetrar en sus secretos.

Pobre Posca. Aún recordaba cómo la humana lo había convencido hacía ya tantos años para que se uniera a su grupo. Aquella humana era capaz de convencer a cualquiera y más aún con la promesa de obtener grandes riquezas. El grupo no había marchado demasiado mal durante los años que permanecieron juntos, había obtenido algo de oro y algún objeto mágico, pero nunca terminaron de destacar y sin duda su incursión al templo sería esa aventura de la que hablarían en las tabernas durante los años venideros, sería La Aventura.

Al entrar en el claro vieron que el templo contaba con una entrada a nivel del suelo que parecía el acceso a una especie de cueva subterránea y luego dos entradas más subiendo por una angosta escalera de piedra que describía una enorme espiral en torno al Cuerno. La primera entrada se encontraba ya a bastante altura y la segunda unos quince metros metros aún más arriba. Mientras ascendían, con Tasker a la cabeza, comenzaron a sospechar que el templo no se encontraba tan abandonado como les habían hecho creer. La escalera se encontraba más limpia y despejada de lo que cabría esperar en un lugar abandonado. Con un gesto de la mano, Tasker, adelantado varios metros, detuvo al resto del grupo. Les señaló con urgencia unas viñas sujetas con ligeras cadenas de acero a la ladera de la espira. Los zarcillos de aquellas plantas de color rojo sangre parecían moverse hambrientos hacia ellos, agitándose en sus ataduras. Tasker indicó al resto del grupo que si pasaban pegados al lado opuesto de la escalera podrían continuar la subida sin peligro y reemprendieron la marcha. Unos pocos minutos más y ya se encontraban a un centenar de metros de la puerta. Justo cuando el grupo comenzaba a tensarse y extremar las precauciones, Traya miró al suelo bajo sus pies y comenzó a gritar a Tasker que al parecer a su paso frente a ellos había activado algo, pero la advertencia quedó interrumpida y un súbito estallido de una bola de fuego ahogó por completo sus gritos. Los tres miembros del grupo que iban detrás de su explorador sufrieron terribles quemaduras. Mientras Tasker pegaba su espalda contra la pared de piedra de la ladera intentando ocultarse entre las sombras, aguzó su entrenado oído en busca de señales de que el avance del grupo hubiera sido advertido. Mientras sus tres compañeros se curaban repartiendo sus pociones curativas y las bendiciones divinas de Posca, las señales de alarma no tardaron en llegar. Un poderoso tañido de campana parecía avisar a los habitantes del Cuerno de que los intrusos se aproximaban a su refugio. A esta campana le siguió otra y durante unos minutos tañeron las dos al unísono con toda su fuerza retumbando en los oídos de Tasker. Tras unos minutos cesó el ruido que dio lugar a un silencio absoluto. No había voces de alerta, ni cierre de puertas o movimiento de rastrillos, ni ruidos de pasos. Nada. Sin duda todo aquello resultaba siniestro, pero Traya reforzó al grupo con su liderazgo y explicó al resto que debían caminar con cuidado para poder evitar otros glifos mágicos que se encontraran en el suelo. Sin duda los habitantes del Cuerno tenían acceso a poderosos hechizos y habían invertido mucho oro para salvaguardar sus secretos.

Unos pasos más adelante, Traya fijó su atención en una calavera de ojos resplandecientes que colgaba de una gruesa cadena de la ladera de la espira, a un par de metros sobre sus cabezas. Aquella calavera apestaba a magia nigromántica. No conocía ese hechizo, pero supuso que se trataba de algún tipo de observación mágica. Con unas palabras convocó un pequeño estallido de fuego que derritió el cráneo dejando tan sólo una cadena humeante colgando del muro.

El grupo avanzó cauteloso hasta la entrada. Tan sólo una oquedad del tamaño de una puerta grande permitía penetrar en el templo. Al final de un largo pasillo únicamente se vislumbraba un muro que llegaba a la altura del pecho de un hombre y tras éste el pasillo giraba en una ele. El muro no dificultaba el acceso al doblar el pasillo, sin duda se trataba de un puesto defensivo con espacio suficiente como para que dos tiradores con arcos o ballestas se atrincheraran allí. El puesto estaba vacío y el pasillo parecía desocupado. Tasker, pegado a una de las paredes intentaba atravesar el espacio de la entrada cuando, con un crujido de huesos, un par de flechas pasaron silbando en sus oídos. Sus entrenados reflejos lo impulsaron hacia atrás esquivando ágilmente los proyectiles. Despacio asomó de nuevo la cabeza al interior y pudo ver a sus atacantes. Todo el pasillo se encontraba flanqueado por pequeñas aberturas que permitían disparar a los defensores al otro lado del muro. No le hizo gracia saber que esos defensores eran una decena de esqueletos.

Cuando lo comunicó al grupo fue Posca quien avanzó primero, invocando el poder de su dios para destruir a la plaga no muerta. Con unas pocas palabras cuatro de aquellos esqueletos se deshicieron en polvo de hueso. Mientras el enano avanzaba entre una lluvia de flechas el resto del grupo penetraba en el templo que se convertiría en la tumba de varios de ellos. Traya logro colocar un potente hechizo de bola de fuego al otro lado del muro que protegía a los esqueletos, convirtiendo la habitación contigua en una nube de polvo y ceniza. El hedor resultaba insoportable. Mientra Posca recurría de nuevo a los dones de Abadar para acabar con el resto de sus atacantes, los auténticos defensores del cuerno hicieron su aparición precedidos por un tremendo estruendo metálico. Tasker avisó a sus compañeros, pero por la expresión preocupada de éstos comprendió que habían escuchado el ruido de lo que parecía todo un ejército cayendo sobre ellos. Tasker se dispuso a salir a su encuentro deseando dejar atrás aquel pasillo que seguía siendo ideal para sufrir una emboscada, pero se detuvo justo a tiempo, cuando sus pasos activaron una trampa de foso. Ante él el suelo cayó por el lado opuesto chocando contra la pared bajo él como un puente de madera al que le hubieran cortado sus cuerdas. Bajo sus pies se abría ahora una caída de quince metros. El resto del grupo miró desorientado el ahora desaparecido pasillo. Antes de recuperarse de la sorpresa, del final del pasillo emergió el primero de los habitantes del Cuerno, un humano con un camisote de mallas parcialmente cubierto por su pelaje, de ojos fieros y movimientos precisos que lanzó un certero flechazo con un enorme arco, cuyo cordaje sufría por la fuerza de los recios brazos de su dueño. Tras él, una enorme figura totalmente cubierta por una armadura completa y un enorme escudo metálico de torreón, avanzaba con paso firme y seguro hasta situarse frente al muro mientras con su cuerpo y con su escudo se esforzaba en ocultar al tercer miembro del grupo. Éste se trataba sin duda de algún tipo de demonio, de piel rojo sangre, cola como un grueso látigo y afilados cuernos y colmillos. La figura acorazada, empuñando una enorme arma de asta con doble cabeza, una de pico y otra de martillo, con una sola mano, no parecía albergar ninguna intención de atacar, su función era otra, proteger a su temible maestro. De donde se encontraba aquel demonio emergió una mano fantasmal que descargó su gélido toque sobre Traya, quien exhaló un alarido y quedó completamente paralizada mientras un espeso líquido maloliente exudaba de su cuerpo, haciendo que Hassan y Posca sintieran debilidad y náuseas. Tras el demonio otra figura fuertemente acorazada penetró en el pasillo profiriendo gritos con una voz potente y autoritaria resonando dentro de su yelmo mientras los cuatro invasores sentían todo el peso de las maldiciones de los dioses del mal sobre ellos.

La situación era desesperada pero el grupo aún se sentía con ánimo de luchar. Invocando los dones de Abadar con más fuerza que nunca, Posca logró liberar a Traya de su hechizo, aunque él debería seguir combatiendo sus náuseas. Traya se recompuso y utilizó todo el poder mágico que pudo reunir para convocar una poderosa bola de fuego que afectara a su atacantes. La bestia que empuñaba el arco rugió y de un certero flechazo atravesó el corazón de la hechicera. El demonio simplemente ignoró la bola de fuego mientras extrañas luces de energía se arremolinaban a su alrededor y un grupo de espectrales calaveras salieron corriendo desde él hasta el exterior del templo, al parecer liberadas de su control. El poderoso sacerdote continuaba sus cánticos malditos ignorando el dolor de las quemaduras a pesar del humo que despedía su armadura.

Harto de enfrentarse a enemigos desde lejos, Hassan decidió saltar al otro lado del foso junto con Tasker y enfrentarse a sus enemigos cara a cara. Instante antes de saltar, la espectral mano convocada por el demonio lo acarició con su gélido toque y sus potentes piernas fallaron precipitándose al vacío. Tasker, presionado por las flechas de aquel hombre bestia y las maldiciones del impío sacerdote acorazado también falló su salto y fue a caer junto a su compañero a una oscura celda varios pisos más abajo.

Aquello fue demasiado para Posca, quien se vio vencido por el miedo y huyó de aquel lugar de pesadilla. Lo último que pudo sentir antes de salir por la entrada del Cuerno fue el aire a su espalda provocado por el poderoso salto del hombre bestia en su persecución. Mientras Tasker y Hassan intentaban luchar contra los barrotes que los aprisionaban pudieron ver como el demonio y su siniestro guardián se acercaban al borde del foso. Una vez más, la mano espectral que surgía del demonio se acercó a ellos y descargó sobre Tasker una onda de electricidad que recorrió su cuerpo con tanta violencia que los espasmos que provocó le rompieron el cuello. Sin pensarlo, el sacerdote del mal saltó al foso. Mientras, el hombre bestia se divertía dando caza al enano al que, de forma prolongada, golpeó hasta dejar inconsciente, como un gato que juega con un ratón.

Cuando el sacerdote se lanzó a la celda, un brillo salvaje se apoderó de los ojos del ifrit con la renovada esperanza de morir en un justo combate. Pero ni los dioses ni mucho menos los demonios eran justos y una y otra vez rayos de energía maligna salían de las manos del nigromante para drenar la fuerza física de Hassan. El sacerdote además se mostraba como un despiadado combatiente y finalmente Hassan, desprovisto de su resistencia, de su fuerza física y de su orgullo cayó de rodillas frente a él. Lo último que sintió antes de desmayarse fue un guantelete acorazado que se estrellaba contra su sien.

Eso era todo, ahora Posca se encontraba encadenado mientras en otra celda al final del pasillo se encontraba Hassan. El antaño orgulloso ifrit se encontraba tan débil que todas su ansias de batalla habían desaparecido. Ahora contaba con poco más fuerza que un niño y según los conocimientos mágicos del enano aquellos hechizos que le habían dejado en ese estado eran permanentes a no ser que recibiera ayuda mágica.

Ya llevaban allí encerrados lo que según sus cálculos era toda una semana. Y durante esa semana no pasaba un sólo día sin que el sacerdote impío le hiciera una visita durante la cual le torturaba. Posca ya les había contado a él y al demonio todo lo que sabía el primer día, las otras seis sesiones de “juegos” fueron puramente por diversión. Una vez obtenida la información, el demonio parecía haber perdido el interés en él y ahora lo mostraba por Hassan, sometiendo al ifrit a todo tipo de interrogatorios y pruebas y apuntando los resultados, en una ocasión lo había rociado con ácido sólo para ver si los ifrit pueden resistirlo, anotando su resultado negativo mientras Hassan se retorcía de dolor.

Todo esto no podía ser real pero lo era. ¿Qué clase de dioses permitirían que existieran criaturas como estas?. Entonces recordó haber escuchado a un sacerdote de Mitra poco después de llegar a Farholde decir en una ocasión “Toda luz arroja sombras y la luz de Mitra es la más brillante de todas”.

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