Way of The Wicked

La caída del Cuerno de Abaddon

El nigromante recorría con los dedos la pulida superficie del cráneo que sostenía entre sus manos. Eran los restos del último clérigo de Mitra que había osado desafiar su poder. Pero mientras mantenía sus ojos fijos en aquella calavera, su mente se encontraba vagando por muy diferentes parajes. Tras el tiflin se encontraba como siempre su guardián. Thanos contemplaba inexpresivo los restos de lo que hacía apenas unas horas había sido el imponente Cuerno de Abaddon. Ahora el antiguo templo de los Hijos era una gigantesca pila de escombros rodeada por una enorme nube de polvo. Los pocos esqueletos que habían sobrevivido al colapso del Cuerno se dedicaban a escarbar entre las piedras en busca de cualquier cosa útil que pudieran encontrar. Hasta el momento sólo habían conseguido desenterrar algunos esqueletos más e innumerables restos de cadáveres. Thanos no pudo evitar sentirse aliviado por haber sobrevivido. En el centro de aquella enorme mole de escombros se encontraba el enorme dragón plateado, ahora convertido en un zombi al servicio de Krahios, buscando entre los restos mientras el polvo se levantaba a su alrededor. Junto al nigromante montaba guardia el esqueleto de un gigantesco tigre. Estos eran, junto a los esqueletos humanos, los únicos sirvientes de Krahios que habían sobrevivido. Aquel maldito sacerdote había acabado con Goliath, con Kumanda y con sus Escudos Sangrientos. Pero Thanos sabía que su maestro recompondría sus tropas con el tiempo y que a cada día que pasaba su magia se tornaba aún más poderosa. Él podía sentirlo también en su interior, a medida que los poderes del tiflin aumentaban también lo hacían los suyos. Los ojos de Thanos se detuvieron contemplando la enorme figura del zombi dragón. Aquella criatura tan impresionante era una de las mayores muestras de poder mágico que había presenciado en su vida, y sin embargo su maestro no parecía demasiado contento con los resultados. Thanos sabía que nunca lo estaría. Su maestro era de esa clase de personas que jamás buscaban compararse con nadie sino superarse a sí mismos y estaba claro que eso lo conseguía cada día.

Unos pasos cortos, seguidos de un ligero arrastrar de pies, sacaron a Thanos de sus pensamientos. Uriak se acercaba. Aquel hombrecillo era el único sirviente mortal del nigromante cuya presencia pese a ello era discreta y silenciosa. Resultaba llamativa la suerte o falta de ella que perseguía a aquel humano, pues siempre lograba sobrevivir aún a pesar de sus propios deseos, ya que debido a los fuertes dolores que le producía con frecuencia la lesión que provocaba su cojera, Thanos sospechaba que no hervía precisamente en deseos de vivir. Aquel hombre triste y silencioso que consideraba su desdichada existencia como un mero trámite y esperaba su muerte incluso con cierta impaciencia había, sin embargo, sobrevivido donde otros con mayor motivación habían perecido. El destino, pensó Thanos, no carece en absoluto de ironía.

-Maestro – dijo el hombre mientras se erguía frente al nigromante enarbolando su pala desgastada y cubierta de polvo – encontré esto.

Las encallecidas manos de Uriak señalaron un objeto surgido de entre una montaña de escombros. La astada calavera de Goliath reposaba totalmente indemne sobre los restos de piedra del altar de Vetra Kali.

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Los ojos del nigromante se abrieron de par en par contemplando aquel cráneo. Resultaba prácticamente imposible creer en la suerte que tenía aquel hombrecillo para desenterrar cosas. El tiflin se acercó con paso lento hasta los restos mientras llamaba a su lado a dos de sus esqueletos humanos. Como activado por un resorte Abaddon se levantó para seguir a su maestro al igual que hacía Thanos. Con un gesto solemne que contenía incluso cierta ceremonia, el nigromante hizo levantar el cráneo a sus esqueletos tras lo cual les señaló unas cadenas con una mano y al zombi dragón con la otra. Los esqueletos se apresuraron a cumplir la orden con una considerable habilidad tratándose de cadáveres andantes y utilizaron las gruesas cadenas de hierro para engarzar en el pecho del dragón el cráneo astado del minotauro. Thanos no podía evitar preguntarse si aquellos esqueletos no estaban desarrollando cierto tipo de macabra inteligencia. En silencio continuó observando mientras los esqueletos terminaban su tarea y volvían a dedicarse a su misión de buscar entre los escombros.

Las miradas de Thanos y Krahios se cruzaron mientras ambos contemplaban, cada uno perdido en sus propios pensamientos, los restos del Cuerno.

- Gracias maestro – la voz sobrenatural del campeón esqueleto se filtró a través de su yelmo llenándola de matices metálicos.

Krahios observó a frente a frente a su guardián, sin duda su mayor obra y a la vez lo más parecido que tenía en el mundo a una familia, aunque dada su excéntrica personalidad sus huestes de esqueletos en cierto modo también lo eran.

No había resultado nada fácil sacar del templo a sus sirvientes mientras todo se derrumbaba a su alrededor. Krahios, como siempre, había hecho alarde de ingenio y rapidez de pensamiento cuando hizo uso de uno de los pergaminos portados por sus últimos atacantes para abrir un portal mágico en el muro que los permitiera salir a todos a tiempo. Todo ello mientras el resto del Nudo, aterrorizados, le exigían que hiciera uso de su magia para teletransportarles únicamente a ellos al exterior.

-Ninguno de los dos va a morir – Krahios le restó importancia con un gesto de su mano.

Thanos observaba fijamente a su maestro mientras éste comprendió al momento lo que lo inquietaba. El campeón esqueleto sabía que su existencia se debía únicamente a la capacidad mágica de su maestro y que éste al ser una criatura mortal en algún momento sería, como todos, reclamado por la muerte. Thanos sabía perfectamente que cuando Krahios muriera él desaparecería también, volviendo de nuevo al reino de la muerte del que su maestro lo trajo de vuelta.

Krahios buscó entre sus ropas y palpó un grueso libro de color oscuro. Aquel pesado volumen parecía encontrarse envuelto en sombras de forma permanente y resultaba gélido al tacto. Echaría de menos el Cuerno. Gracias a la magia sacrílega de aquel lugar, cada semana dedicada a sus estudios arcanos allí había supuesto un avance equivalente al de un mes en la más completa biblioteca mágica de cualquier otra parte del mundo. Su estancia en el Cuerno le había abierto los ojos ante la realidad de la auténtica magia, llegando incluso a demostrar los errores de las teorías consideradas como pilares fundamentales de lo arcano. Y ahora el Cuerno y sus secretos quedarían sepultados para siempre. Por suerte había logrado salvar todos sus escritos y antes de retirarse para fortificar el sanctum había recogido del laboratorio todo su instrumental. Todos sus libros habían sido puestos a salvo. Todos sus libros más el que ahora guardaba bajo su túnica. El nigromante engarzó el cráneo del sacerdote que aún sostenía para fijarlo a la cadena que ya colgaba de su cintura y lo depositó junto al del Padre Donigam. Levantó sus ojos hacia el horizonte. La etapa del Cuerno quedaría atrás como tantas otras de su vida y muchos de sus errores y recuerdos quedarían enterrados para siempre junto a sus sirvientes bajo el Cuerno. Aún le quedaba mucho trabajo por delante, aún quedaba un vasto mundo de conocimientos y secretos por explorar, esta vez en solitario, sin la falsa guía y los prejuicios de un maestro que realmente nunca lo fue. Por primera vez en su vida Krahios se sentía enteramente libre. Sin duda su maestro volvería a cruzarse en su camino, probablemente con malas intenciones después de que el tiflin le hubiera robado. Pero por el momento la magia del espectro, vinculada en gran medida al poder del Cuerno, había sufrido un fuerte revés. Su maestro se recuperaría pero para cuando ese momento llegara estaría más que preparado.

El nigromante continuó contemplando las ruinas mientras sus dedos acariciaban la “D” grabada con runas en la cubierta del libro.

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Sesión 27

Esa noche el Caer Bryer estaba inusualmente silencioso, a excepción de un golpeteo metálico. Entre las ruinas del Cuerno de Abbadon, una figura acorazada había montado una improvisada fragua con lo que había logrado recuperar de la devastación, y mientras mantenía la mano izquierda metida en el fuego hasta el codo, con la derecha la golpeaba con un brutal martillo. Finalmente, levantó el guantelete hasta sus ojos y flexionó los dedos, asintiendo satisfecho. Dentro de su yelmo, una runa amarilla parpadeó y desapareció. Ahora sólo quedaba limpiar la placa pectoral, que tenía una enorme quemadura circular en el centro.

Acarició la marca con los dedos, pensativo. La adamantita estaba tan lisa como siempre, pero incluso a través de la armadura el contacto todavía resultaba doloroso. Había sido ayer, y sin embargo habían sucedido tantas cosas que parecía mucho más.

El avoral atacó totalmente por sorpresa el penúltimo día del ritual. El Noveno Nudo se había encerrado en el sánctum, derribando uno de los muros interiores, y usando los escombros para entorpecer el camino de cualquiera que subiera por las escaleras. Qué irónico que ninguno de sus atacantes escogiera ese camino…

En pleno ritual, la bestia-hombre se levantó de un salto, aullando sobre sus cuartos traseros a la pared. Maldrek pensó que estaba loco, hasta que oyó el silbido de algo enorme que se precipitaba contra el Cuerno. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que la pared estallara hacia dentro, destrozada por una enorme roca, y una horda de águilas gigantes entrara en tromba por el agujero. Y tras ellas… esa repugnante criatura celestial, el avoral que atacó unos días antes y que tantos dolores de cabeza les dio. Algo en su actitud le dijo que esta vez no se retiraría: este sería el combate final. Tras comprobar que el nigromante y el drow todavía se estaban despertando, el avatar de Asmodeo se lanzó un conjuro protector y se avanzó decidido hacia la criatura, que aleteaba justo fuera de su alcance, para proteger a sus compañeros.

El avoral se giró hacia él, reconociendo de inmediato el símbolo de su pecho que Maldrek lucía con orgullo, y agitando las manos, empezó a proyectar un brutal relámpago hacia él, que impactó en el pecho al asmodita. El clérigo se tambaleó bajo el ataque, pero reunió todas sus energías místicas y lo combatió. Bajó la cabeza, apretó los dientes y dio otro paso al avoral. Y luego otro. Y otro. Incrédulo, el sirviente de Mitra lanzó un segundo ataque eléctrico al behemoth que se le aproximaba, impasible, imparable.

-¡Muere, ser infernal! ¿Por qué no mueres?
La respuesta de Maldrek fue lanzarle su maza a la cara, golpeando brutalmente a la criatura… aunque se las arregló para resistir el conjuro que contenía, y finalmente lanzar un tercer rayo.

Éste superó las defensas de Maldrek, y la electricidad comenzó a recorrer su cuerpo, provocándole terribles quemaduras. En su yelmo, una runa de peligro de un rojo enfadado se encendió, advirtiendo de que peligraba la integridad estructural de la armadura. Aun así, Maldrek avanzó dos pasos más, y a unos metros, tan solo unos metros del avoral, su rodilla cedió, y por primera vez se vio cediendo ante un enemigo. Era, sin duda, su fin, y Maldrek sólo sentía frustración. Tan cerca de acabar el ritual…

Un enorme proyectil rojo impactó contra el avoral, estampándole contra un lateral del sánctum y haciendo temblar las paredes. Grumblejack, el brutal servidor del drow, se hallaba ahora golpeando salvajemente al avoral, descargando un golpe brutal tras otro con terrible eficacia, sin duda enfurecido por su derrota anterior. Ante la acometida, el ser intentó escapar, pero fue cazado por las flechas certeras de la bestia-hombre y derribado. El Noveno Nudo había vencido…. Por ahora.

Una voz sonó a sus espaldas, sacándole al clérigo de su ensoñación.

-Vaya, querido. Veo que has recuperado el poder del fuego.

Maldrek se giró sorprendido, y pudo ver a una bella mujer salida aparentemente de ninguna parte.

-Hola, Tiadora. ¿Qué haces aquí? Ya te informamos de nuestra victoria.

-Oh, no te preocupes. Es una visita de cortesía, no de trabajo – dijo el ser, caminando seductoramente alrededor de Maldrek – Hay algo diferente en ti. Algo ha cambiado. Estás más… decidido – su uñas rascaron la placa de la espalda -. Sí, definitivamente. Parece que albergas un nuevo poder y un nuevo propósito. ¿Algo que contar?

Maldrek la escrutó unos segundos: “Nada. Me alegro de haber cumplido la misión, simplemente”.

-Mientes.

Se hizo una pausa, y Tiadora le sostuvo la mirada desafiante, mientras los segundos se convertían en minutos. “Pero no me importa”, dijo al fin. “Es indudable que gozas del favor de Asmodeo, así que no tengo nada que decir. Los mortales vais y venís, siempre con vuestros juegos. No me conciernen”, señaló, acariciando su pecho. De pronto, su garra saltó hasta la garganta de Maldrek, y sin esfuerzo aparente se clavó en la cota de malla del cuello, atravesándola y haciendo saltar una gota de sangre. “Pero recuerda: lo primero es la causa de Asmodeo. Si haces peligrar eso, yo misma haré que desees morir”.

Tal como se acercó, la diablesa se apartó, y sus ademanes volvieron a ser juguetones. Recogió un casco del suelo. “¿Un paladín de Mitra?”, preguntó, levantando una ceja.

-Sí. Él y su grupo atacaron el último día. Aún estoy reuniendo información, pero parece que era familia de una de las víctimas que dejó el Noveno en Balentyne, un tal ¿Sir Thomas Havelin?

-Interesante. Muy interesante… ¿Qué ocurrió? – exigió Tiadora.

-Aparecieron atravesando la pared, abriendo un túnel y con luz mágica. Eran un grupo realmente duro: un mago, un clérigo del débil dios de los corderos, un guerrero salvaje y el propio paladín. Sufrimos pérdidas terribles, sobre todo la escolta de Kraihos, y estuvieron a punto de superarnos. Afortunadamente, logré acabar con su clérigo, mientras el propio Kraihos liquidaba con su magia a su hechicero, igual que hizo con Elise Zadaria. A partir de ahí, la batalla fue sangrienta, pero estaba decidida.

-Entiendo. Es lo que quería saber. Te dejo para que sigas reparando el don de Adrastrus -dijo con voz burlona, y lanzó un gorjeo cruel al ver la rigidez del gesto de Maldrek – . ¿Sabes? Yo podría librarte de esa armadura… – señaló, acariciándole insinuante.

-Ya conozco tu precio. No seré tu esclavo, ni tuyo ni de nadie. He nacido para reinar, no para inclinarme.

Tiadora se rio, alejándose, cuando se giró repentinamente. “Una cosa más, Maldrek. La guerra se acerca, con todo su horror y toda su gloria. No cometas errores… Y puede que consigas ese reino que tanto ansías. O puede que mueras en cualquier parte, olvidado para siempre por todos. ¡Ya veremos!”.

Maldrek la observó marcharse en una nube de humo infernal. Como siempre que hablaba con ella, se sentía frustrado por sus burlas, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que le había dicho mucho más de lo que aparentaba. Si al menos lograra entenderla…

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Odio

Noctis estaba trabajando con una sonrisa de oreja a oreja. Había sorprendido a rata intentando colarse en la habitación del amo; un animal enorme e hinchado por la influencia maligna del Cuerno, que avanzaba arrastrando su panza y mostrando sus dientes afilados y amarillentos mientras lo escrutaba todo con sus ojuelos estúpidos y malignos. Era mucho mayor que el pequeño imp, pero éste disfrutaba utilizando su capacidad para volar para sorprender a los enemigos, clavarles su aguijón y llenarlos de veneno.

Ahora se encontraba abriendo en canal con sus garras a la paralizada rata. Su interés no era tanto su interior estaba demasiado acostumbrado a las pequeñas torturas, como en la mirada de la rata al escapársele la vida. De repente, la puerta se abrió, y los pasos pesados de su amo retumbaron mientras su figura blindada ocupaba todo el umbral. Su armadura estaba salpicada de sangre, pero no parecía sufrir heridas. A decir verdad, estaba exultante. Su mirada se posó en el imp, que le miraba burlón con los bracitos aún cubiertos de vísceras de rata.

-¡Ah, imp número cuatro! ¡Aquí estabas, escondiéndote como el pequeño bastardo cobarde que eres! ¡Ven! Ayúdame a preparar los ritos de alabanza a Asmodeo. Acabo de enviar al Infierno a los supervivientes el traicionero Séptimo Nudo, y quiero saber si al Príncipe Oscuro le ha gustado mi sacrificio.

Divertido, Noctis revoloteó por toda la habitación, llevando pequeños objetos y estorbando más que ayudando a Maldrek. Le irritaba el despreció que le mostraba. ¿Es que no se había ganado todavía un nombre? ¿Es que no merecía acompañarle en batalla? Rara vez se acordaba de él, salvo para ordenarle tareas ingratas y denigrantes. Aun así, era demasiado poderoso para atacarle directamente, y obviamente estaba plenamente comprometido con la causa de Asmodeo, así que tampoco podía hacer gran cosa contra él.

Las horas pasaron, y el olor a incienso cargaba la habitación. Los ritos habían sido completados, y el clérigo llevaba horas meditando. Un humor distintos flotaba en el ambiente, olvidada ya la euforia. Conocía ese estado. La melancolía se apoderaba a menudo de Maldrek, y éste se sumía en un estado meditabundo, pero esta vez había algo diferente, más intenso. Como de costumbre en ese tipo de momentos, le echó de la habitación.

- Noctis, déjame solo – ordenó con voz profunda el clérigo.

- Sí, amo – croó el imp, aunque esa vez se ocultó entre las velas para espiar. Su curiosidad era demasiado intensa como para ser contenida en esta ocasión, y presentía que algo maligno flotaba en el aire, amenazador.

Observó cómo el clérigo se erguía lentamente, y se iba desprendiendo de su sobretodo. Su figura acorazada no dejaba ninguna concesión a la piel, a la naturaleza. Allí quiero parecía un brutal monolito al triunfo de la industria sobre la naturaleza, del fuego sobre la carne, del martillo del artesano sobre la caricia de la madre. Entonces Maldrek extendió la mano ante su cara, examinando el guantelete.

- Te odio musitó. Me odio. ¿Por qué me hiciste esto? ¿En qué me has convertido? Soy más metal que hombre.

Hizo una larga pausa, reflexivo.

- Hoy he resucitado a una mujer, una poderosa bruja. Estaba muerta, total y absolutamente, pero la obligué a volver a la vida para mi deleite, para tener una herramienta que usar para ganar poder ante los ojos de Asmodeo y de Adrastrus. Y, sin embargo, sigo siendo incapaz de sanar la única herida que me importa. La que tú me infligiste.

Lentamente, su mano comenzó a iluminarse con una pulsante luz roja. Noctis había visto mil veces a su amo usar su poder para curar, pero, sin embargo, esa luz le llenaba de terror incluso a él. No había vida ni calor en ella.

Maldrek apoyó la mano en su pecho, y la luz fluyó como algo vivo, penetrando la adamantita como si no existiera, inundándole. El tiefling empezó a gritar de dolor, y de entre las junturas de la armadura empezó a supurar el icor negro que tenía por sangre.

- ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Sana, cuerpo maltrecho! ¡Yo te lo ordeno! ¡CÚRATE!

El rugido de Maldrek hizo templar el velón tras el que se ocultaba imp, pero éste ni lo notó. Estaba absolutamente sobrecogido por la escena que se desplegaba ante sí. El clérigo se había vencido, pero aun estando rodilla en tierra su mirada resultaba más fiera que la de un rey bárbaro dirigiendo a sus ejércitos. Dirigiéndolos contra sí mismo. La sangre manaba ya abiertamente en riachuelos, y la armadura sonaba aquí y allá al desprender sus garfios de la piel carbonizada, aflojando su presa a regañadientes, mientras los conjuros del cardenal pugnaban por evitarlo.

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo consigo! ¡Lo estoy consiguiendo! -gritó de pronto el clérigo, cuando una de las placas pectorales se aflojó y quedó colgando de las correas que la asían a las demás. Bajo ella, se atisbaba todavía músculo ensangrentado y hueso, aunque una película de piel roja lo salpicaba con un archipiélago en un océano de dolor.

El alivio en la cara del clérigo era patente, y Noctis diría que… sí, definitivamente aquello era esperanza. La mueca de dolor dio paso a una sonrisa, y el tiefling redobló sus esfuerzos. El alivio invadía su cara, y su semblante reflejaba ahora verdadera alegría. Por primera vez, Noctis vio cómo el autodesprecio y el odio daba paso a algo diferente, a un corazón lleno.

Y entonces todo se estropeó. El torrente de magia que fluía por su brazo empezó a hacerse más y más débil, y pronto la energía dejó de inundar a Maldrek para ser unos zarcillos mágicos se le escapaban de entre los dedos en todas direcciones, desvaneciéndose en el aire. La armadura, como algo vivo, volvió a acercarse y a extender sus ávidos garfios, como manos hambrientas pidiendo pan, enterrándose en la carne del clérigo, abrazándose al hueso, afianzándose más que nunca.

- ¡No! ¡NO! ¡NO! ¡Asmodeo, no me hagas esto! ¡Sigo teniendo fe, aunque no odie! ¡Sigo siendo fiel! ¡No me devuelvas a esta prisión! ¡Déjame ser libre un minuto más! ¡NOOOOOOOO!

Finalmente, Maldrek se desplomó, agotado, exhausta su magia. Postrado, comenzó a sacudirse, y Noctis supo que esos extraños ruidos ahogados ocultaban a su amo llorando.

- ¿Por qué no me dejas vivir sin odio, mi Señor? ¿Por qué todo mi poder debe nacer de la ira? ¿Por qué me das poder, si no puedo usarlo para lo que más deseo?

-ERES DÉBIL.

Los sollozos se interrumpieron, y se hizo un silencio sepulcral. Noctis no se atrevía ni siquiera a respirar. ¿De dónde venía esa voz, profunda y terrible, que le había helado el corazón?

- ¿Quién eres? ¿Adrastrus? – dijo Maldrek, poco convencido. Era evidente que se trataba de un poder mucho, mucho más antiguo y malvado incluso que el propio cardenal.

-ERES DÉBIL. TÚ NO SABES LO QUE ES EL PODER, NI LO MERECES.

Maldrek se recompuso sorprendentemente rápido. “Sí lo sé, y lo merezco. Hasta ahora me lo has dado, ¿y acaso no te he servido bien?”. Noctis no pudo evitar admirar al tiefling, pues él estaba paralizado de terror, pero éste replicó al Príncipe Oscuro. Con duda, al principio, pero a medida que las palabras salían de su boca ganaban fuerza y seguridad. “¿No he destruido a todos aquellos que se han opuesto a Tu Obra, aun cuando nadie más creía en la victoria? ¿No te he enviado almas, ni he arrancado la vela de muchos ojos que no podían ver Tu Verdad? ¿No soy, en definitiva, el que sigue aquí, ante ti, cuando tantos otros han perecido?”.

-¿Y? DERROTAR A LOS LACAYOS DEL DIOS DE LOS CORDEROS NO TE HACE FUERTE. SIGUES SIENDO DÉBIL. SI TANTO PODER TIENES, ¿PARA QUÉ LO USAS? ¿PARA INTENTAR DESHACER MI OBRA, PARA ESCUPIR EN LAS GRACIAS QUE TE CONCEDO? ¿PARA QUÉ QUIERES EL PODER?

Maldrek calló, y los minutos pasaron. Noctis empezaba a pensar que después de todo era un mero mortal, y que estaba demasiado aterrorizado para contestar al Duque del Infierno, pero entonces habló. Su voz era tan baja que apenas pudo oírse, pero era firme.

- Quiero el poder para vengarme. Quiero hacer sufrir a todos los que me golpearon e insultaron. Quiero un mundo en el que yo reine supremo sobre todos los que se atrevieron a menospreciarme. Quiero un mundo en el que nadie, nunca, jamás, pueda destruir a sus superiores por miedo. – Levantó la mirada, orgulloso, y miró abiertamente al vacío. – Quiero un mundo en el que nuestros enemigos se oculten entre las sombras, temiendo que los verdaderos hijos de Asmodeo posen su mirada justiciera sobre ellos. Quiero deshacer el crimen que se cometió al negarte Tu lugar entre los dioses, y quiero que tus hijos ocupemos nuestro legítimo lugar: gobernando, dominando, reinando supremos para llevar Talingarde a la grandeza, para tomar las decisiones que nadie se atreve a tomar. Para acabar con los siervos de Mitra, que mantienen a la plebe dormida con sus dulces mentiras y falsas sonrisas, arrojando al abismo a los seres que, como yo, estropeamos su visión perfecta de la sociedad. Bueno, pues este ser ha vuelto del abismo Maldrek estaba gritando ahora para hundir la mano en su pecho y enseñarles sus corazones palpitantes mientras dejan de latir. ¡Yo seré la oscuridad que temen cuando están solos por las noches, yo seré aquello por lo que rezan a Mitra para que les proteja! ¡YO. SERÉ. SUPREMO!

Maldrek guardó silencio repentinamente. “Y, por encima de todo” musitó, “quiero hacer sufrir a quien me ha convertido en esto. Quiero ver a Adrastrus Thorn a mis pies suplicando clemencia”.

El silencio volvió a tomar la cámara, el aire preñado de amenaza. No flotaba ningún sonido en el ambiente, pero sin embargo no le cabía duda de que el Príncipe Oscuro seguía ahí.

-¿ESTÁS SEGURO DE QUE ESO ES LO QUE QUIERES?

-Sí -contestó Maldrek. ¿Era eso una nota de temor en su voz? ¿Pensaba que había traspasado una línea al dejarse llevar y temía las consecuencias?

-¿SABES QUE DESPUÉS DE ESTO NO HABRÁ VUELTA ATRÁS? ¿QUE ESTARÁS CONDENADO Y SERÁS MI SIERVO HASTA QUE DECIDA DEVORAR TU ALMA DURANTE TODA LA ETERNIDAD?

-¡Sí! -respondió, esta vez con más aplomo.

-¿SEGUIRÁS MIS INSTRUCCIONES Y ANTEPONDRÁS MI GLORIA A TUS PATÉTICOS DESEOS PERSONALES?

-¡SÍ!

-DESEO CONCEDIDO.

La oscuridad se iluminó con rayos de energía carmesí que brotaban de todas partes, golpeando el cuerpo de Maldrek, suspendiéndole en el aire. Su armadura, que tan difícil había sido de quitar, fue arrancada de su cuerpo de un golpe, lanzando en todas direcciones trozos de carne y hueso. Bajo ella, su cuerpo, más devastado incluso de lo que el imp hubiera podido imaginar, comenzó a cambiar, con la carne fundiéndose y corriendo como lava, los huesos reconfigurándose.

A pesar de las decenas de miles de horas de tortura a sus espaldas, Noctis apartó la vista, asombrado, pues el dolor que estaba sufriendo el tiefling estaba más allá de lo que nadie debería haber podido soportar, y sin embargo no gritaba. Finalmente, cuando abrió la boca fue para decir:

-¡Dame poder! ¡Quiero el poder, todo el poder, poder ilimitado! ¡LO EXIJO! ¡HOY TE RECLAMO MI DERECHO DE NACIMIENTO! ¡¡¡MALDREK SERÁ SUPREMO!!!

En el pecho del tiefling, en su frente, por todas partes, comenzó a formarse el pentáculo de Asmodeo. Sus brazos cobraron nueva fuerza, y sus hombros se ensancharon. Su misma alma brillaba a los ojos del imp con un fulgor cegador. Y entonces, la armadura volvió a caer sobre él, colocándose en su lugar, clavando los crueles garfios en la carne. Sólo que esta vez el cuerpo de Maldrek parecía abrazarla, aferrando gustosa sus anclajes, tensándose a su alrededor, estrechándola con la pasión de un amante.

Finalmente, los rayos desaparecieron tal como habían aparecido, y Maldrek cayó al suelo, humeando. Transcurrieron unos instantes, en los que Noctis se preguntó si habría muerto o perdido la razón tras la ordalía.

Lenta, muy lentamente, Maldrek comenzó a moverse. Primero los dedos, luego la mano, y pronto se pudo apoyar para sentarse en el suelo, y después erguirse. Sus ojos brillaban con una luz naranja, ardiente como los ríos de fuego del Infierno, que antes no había estado ahí. Como un eco, la escena se repitió, y Maldrek levantó la mano ante su cara, examinándola. Pero esta vez comenzó a reírse. No había alegría en esa risa, sino sólo odió y una promesa de muerte.

Noctis había tenido suficiente. Se escabulló entre las velas, con una opresiva sensación indeterminada en el pecho, una mezcla de asombro, orgullo, y el más profundo y abyecto terror que una criatura como él podía sentir.

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Sesión 26

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La expertas manos de Krahios recorrían suavemente las cubiertas del libro que sostenía frente a sus ojos. Sin duda el tiflin amaba los libros, ya que desde que descubrió la magia de la lectura, fueron su única compañía durante sus años de adiestramiento con Dangastor. Desde que aprendió a escribir había perfeccionado su caligrafía hasta convertirla en un arte y acostumbraba a tomar notar sobre todo el conocimiento que fuera puesto a su alcance. Su habitación en el Cuerno se encontraba completamente llena de notas y diarios, incluso de dibujos y diagramas de todas las criaturas, objetos curiosos y edificios que había conocido desde que empezó su viaje. Mapas de la prisión de Brandescar hechos a mano por él mismo compartían estante junto a los retratos de Adrastrus y Tiadora que a su vez descansaban sobre una pila de diagramas y bocetos de sus esqueléticas creaciones. De una de las paredes de su cuarto colgaba incluso un diagrama que explicaba con fundamentos científicos las cualidades de vuelo de Kiliketz después de haber sido estudiadas. Tantos días tranquilos en el Cuerno habían permitido al nigromante expandir su mente y dedicarse a los más dispares estudios. Ahora se encontraba ante su última creación, Krahios había aprendido a encuadernar libros, forrar sus tapas, decorar y ensamblar sus páginas y perfeccionar aún más su caligrafía y sus bocetos y dibujos. Sin duda había tenido mucho tiempo para ello y mientras contemplaba la recopilación de sus notas que tenía en sus manos se encontraba profundamente orgulloso. Necesitaría varios tomos más como este, bastantes más de hecho, para llegar a codificar todos su escritos y dibujos, pero por el momento aquel primer volumen era un excelente trabajo y nadie podría llegar a pensar que no había sido confeccionado por un experto artesano en un cómodo taller sino por uno de los viles y taimados señores del Cuerno de Abaddon encuadernando sus libros encerrado en las mismísimas entrañas de la tierra.

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Krahios levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Thanos. El campeón esqueleto lo observaba desde el interior de su yelmo con gesto inexpresivo. Hacía ya mucho tiempo que éste había renunciado a sus intentos por comprender las excentricidades de su amo. ¿Cómo podría nunca el nigromante hacerle comprender al inmortal guerrero que un sistema exhaustivo de registros era vital para sus diferentes estudios?. La mirada del tiflin se dirigió al centro de la mesa donde trabajaba, allí Kiliketz jugaba despreocupado con un pequeño frasco de hielo alquímico del que desviaba su atención de cuando en cuando para exhalar su helado aliento sobre Kumanda, quien a estas alturas se encontraba ya cubierto por caprichosas formas de hielo que se habían tornado sólidas entre los huecos de sus huesos carmesí. Las consiguientes risotadas del mephit rompían el silencio de la habitación. krahios había elegido terminar su volumen en la sala de Guerra dado que ya quedaba poco para la reunión semanal de los señores del Cuerno y siempre le gustaba llevar algo con lo que mantenerse ocupado en previsión de que alguno o varios de ellos llegaran más tarde de lo acordado.

Todo apuntaba que sería un día tranquilo pese a ser el primero de la última semana del ritual que rompería el sello y traería de vuelta al mundo a Vetra Kali. Krahios no podía evitar preguntarse si realmente era buena idea invocar de vuelta al plano material a una criatura semejante. El caos y la destrucción que pudiera traer al mundo no era su problema pero le inquietaba la idea de si el daemon sería capaz de identificarles como potenciales aliados o les consideraría una amenaza. ¿Les entregaría las Lágrimas de Aklis voluntariamente o deberían enfrentarse a él y destruirle?, ¿cómo podrían destruir a una criatura como aquella?, ¿qué conjuros utilizaría?. Por un momento se planteó la posibilidad de pedirle consejo a Dangastor, pero la relación con su maestro se había vuelto tensa desde su llegada al Cuerno. ¿Si destruyeran a Vetra Kali habría alguna forma de robarle parte de su poder?. El tiflin se sintió momentáneamente excitado al pensar en las puertas de conocimiento que le abriría aprehender aunque sólo fuera un pequeño fragmento del alma del daemon. La sabiduría acumulada durante eones por una criatura tan antigua como el tiempo, incluso anterior a la llegada de los dioses. Pero por otra parte si decidían atacar a Vetra Kali y fallaban lo pagarían con la vida. Plantearía aquellas dudas en la reunión, sentía curiosidad por escuchar la opinión del resto del grupo. Probablemente Maldrek querría destruir a la criatura. Su mera existencia era una ofensa a los ojos de Asmodeo y el fanatismo y la conexión con su dios eran muy fuertes. Sin duda semejante fe ciega era lo que le confería sus poderes. Seguramente Deimos se decidiría por no enfrentarse a la criatura. Estos meses pasados en el Cuerno lo habían vuelto letárgico y apocado. Nada quedaba ya de aquel fiero y temerario drow que todos habían conocido en Brandescar. Respecto a Turek tenía algunas dudas, pero se inclinaba más a pensar que preferiría no atacar a Vetra Kali. Al igual que había pasado con Deimos había perdido su energía con el pasar de los meses en el templo. ¿Tendría acaso el aura del Cuerno estos efectos en los débiles de voluntad?.

Un tremendo estruendo interrumpió los pensamientos del nigromante. Como si la propia tierra quisiera sacudirse de encima la maldad del Cuerno, se produjo un terremoto de potentes dimensiones. Con ojos expertos, Krahios, haciendo uso de sus conocimientos de ingeniería, estudió la estructura que durante meses había sido su hogar. El terremoto no duraría mucho y el antiguo templo aguantaría en pie sin comprometer su estructura. Con paso ágil se levantó de su trono de hueso y se ubicó bajo la arcada que daba acceso a la habitación contigua. En ese punto la estructura del techo era mucho más resistente y no correría el riesgo de que le cayeran escombros encima. A su paso indicó a Thanos y Kumanda que levantarán el enorme escudo del guerrero sobre sus cabezas apretándolo contra la arcada a fin de darle un mayor refuerzo. Sin necesidad de decirle nada, Kiliketz ya se encontraba junto a su amo, ambos resguardados bajo el escudo. Sin duda el astuto mephit había aprendido que en caso de peligro lo más seguro era permanecer siempre junto a su amo. Durante algunos minutos la tierra pareció esforzarse con toda su energía en destruir la espira que conformaba el Cuerno, pero la magia que moraba en él hizo que sus esfuerzos resultaran inútiles. Pese a todo, Krahios podía escuchar desde donde se encontraba como varios muros del templo se venían abajo y en algunos lugares el techo se hundía sepultando habitaciones enteras. Finalmente todo acabó. Kiliketz fue el primero en querer salir de su refugio pero su amo lo detuvo tomándole del brazo mientras con su otra mano señalaba la nube de polvo que inundaba los alrededores. Cuando la nube se asentó el nigromante ordenó a su séquito seguirlo mientras recorría todos los rincones del cuerno evaluando los daños. Con gesto tranquilo y de forma mecánica se limitó a tomar notas de los daños en uno de sus libros actuando como si la tierra no hubiera estado a punto de abrirse en dos para engullirlos a todos.

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Pocas horas después los señores del Noveno Nudo de Nessus se reunieron en la Sala de Guerra para decidir las medidas a tomar en el transcurso de esa semana. Primero Krahios informó al resto de los daños sufridos por el Cuerno. la estructura se mantenía intacta pero se habían desprendido varios muros y techos. La mayoría afectaban únicamente a la distribución interna del Cuerno, como el hundimiento del techo de la habitación de Maldrek. Pero el terremoto había provocado dos brechas importantes en la seguridad del templo; una en la pared del laboratorio, dejando en el tercer piso una enorme abertura hacia el exterior y otra en el propio sanctum, el muro de piedra convocado mediante la magia por Maldrek había sido completamente destruido dejando la balconada abierta como cuando los cuatro señores tomaron el Cuerno por primera vez. La mitad de las trampas del Cuerno habían sido también destruidas por los escombros y algunas de ellas habían sido activadas por accidente por los sirvientes humanos que en su huida del Cuerno cuando se inició el terremoto no tuvieron la prudencia necesaria para evitarlas. Ese era otro de los problemas, la mitad de los servidores del Cuerno habían desertado o muerto durante el terremoto. Ahora los cuatro se encontraban solos y prácticamente desprotegidos en un templo que ya no era seguro. Ya no tenían suficientes hombres para vigilar las plantas inferiores y Krahios propuso abandonar la primera planta a su suerte y replegarse hacia arriba. Si mantenían a lo que quedaba de sus sirvientes guardando la segunda planta y ellos se encerraban el sanctum aún podrían mantener el templo seguro. Para ello tendría que destruir el teletransporte del templo de la primera planta y una vez hecho esto ya no habría vuelta atrás. Pero sin duda era necesario. Los señores del Cuerno se mostraron de acuerdo y dedicaron sus esfuerzos a reconstruir los muros del laboratorio con ayuda de los esqueletos del nigromante y Maldrek conjuraría un nuevo muro para cubrir el acceso al sanctum de nuevo.

Mientras se encontraban junto a la balconada abierta sopesando sus opciones un poderoso rayo de electricidad cruzó la habitación alcanzando a Krahios y algunos de sus esqueletos. Con una gran deflagración de energía el rayo se estrelló contra los hechizos protectores del nigromante disipando su magia y alcanzó en parte su cuerpo. Los cuatro señores del Cuerno reaccionaron con rapidez. Deimos se pegó a la pared más cercana y desapareció de la vista por completo. Krahios conjuró una mano formada por energía nigromántica. Maldrek utilizó los dones de Asmodeo para curar las heridas del nigromante y Turek aprestó su arco listo para atacar a cualquiera que se presentara en su línea de visión. Tras unos segundo el atacante desconocido se dejó ver. El Noveno Nudo de Nessus se encontró frente a un avoral, una angelical figura del bien que volando a bastante distancia del Cuerno convocaba otro rayo de energía que alcanzaba a Krahios de nuevo. La poderosa voluntad del nigromante lo mantuvo en pie y la espectral mano que había convocado se lanzó contra su enemigo con el objetivo de entregarle un poderoso hechizo. El avoral la interceptó destruyéndola con sus garras y Turek aprovechó esa distracción para dispararle una certera flecha que lo alcanzó en el pecho al mismo tiempo que una bola de fuego conjurada por Maldrek impactaba sobre el celestial. El alado Grumblejack salió del templo para enfrentarse en combate directo contra la criatura mientras Turek continuaba acosándolo con sus flechas. Tras un breve combate Grumblejack fue derrotado precipitándose sobre la ladera del cuerno y el avoral, malherido huyó dando por perdida esta batalla contra las fuerzas del mal.

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Tras el poderoso ataque, el Noveno Nudo continuó con sus trabajos para reforzar el Cuerno con renovadas convicciones. Maldrek solicitó los favores de Asmodeo y conjuró una estructura de piedra para cerrar la brecha del sanctum. Mientras el muro se configuraba para adaptarse a la abertura y cerrar el sanctum por completo Krahios no pudo evitar el pensamiento de estar construyendo su propia tumba. Prácticamente se habían enterrado vivos para proteger el sanctum a toda costa. Cualquier posibilidad de huir había quedado eliminada, habían quemado sus naves y desde ese momento cada batalla librada sólo tenía dos finales posibles.

Krahios trasladó algunas cosas de su habitación hacia el sanctum y reclamó un pequeño espacio de la enorme sala para él instalando algunas mantas sobre el suelo y una pequeña mesa frente a ellas. Mientras sus esqueletos subían todas las provisiones necesarias al sanctum acomodándolas junto a las nuevas dependencias de su amo, dándole así alguna protección mientras éste se encontrara descansando.

El día siguiente transcurrió en relativa calma pese a las tensiones provocadas por sentir el Cuerno desprotegido. Krahios escrutaba con frecuencia a través del Ojo de la Vigilancia de Vetra Kali para tener conocimiento de lo que sucedía fuera del sanctum. Durante la oración del mediodía unas extrañas criaturas de niebla y sombra surgieron de las profundidades del vacío para manifestarse en el Cuerno. Krahios comprendió al instante que estas criaturas no pertenecían a este mundo sino a algún plano distante y que el ritual que permitiría entrar a Vetra Kali en este mundo tal vez también abriría las puertas a criaturas incluso más extrañas que el propio daemon. La batalla fue larga y difícil, con aquellas criaturas escurridizas desplazándose por la habitación, atacando y desapareciendo. Finalmente todas encontraron su fin gracias al trabajo en equipo de los cuatro señores del Cuerno.

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El tercer día de la última semana los cuatro señores del Cuerno sintieron como la tierra temblaba bajo sus pies cuando el muro del laboratorio fue destruido por alguna fuerza desconocida. Krahios se incorporó de inmediato dejando sus libros a un lado y se aproximó al altar. mediante el Ojo de la Vigilancia pudo ver como un dragón plateado recorría las habitaciones del tercer piso. El nigromante puso en alerta al resto del Nudo que tomaron posiciones rodeando la escalera, ahora el único acceso hasta el sanctum. Cuando el dragón encontró las escaleras utilizó su magia para subir por ellas en forma de guerrero nórdico humano. Cuando se encontraba a medio camino, el nigromante envió a uno de sus sirvientes esqueletos escaleras abajo. El dragón se preparó para enfrentarse a lo que fuera que bajara las escaleras con ese extraño ruido mezcla de metal y de huesos. Pero el reptil no estaba preparado para que el esqueleto activara con sus pasos la trampa de bola de fuego puesta allí por Maldrek cuando reforzaron el Cuerno. El enorme estallido de fuego retumbaba contra las paredes de la escalera de caracol elevando aún más la temperatura y el escaldado dragón descendió a la planta inferior para curar sus heridas. El dragón recuperó su auténtica forma y volvió a ascender por la escalera estirando su cuello de reptil para exhalar su gélido aliento sobre los defensores del sanctum. A cambio recibió una bola de fuego conjurada por Maldrek que lo dejó malherido y decidió emprender la huida. No imaginaba el reptil que el cazador del Noveno Nudo se encontraba al acecho. presto como un rayo y prácticamente de un salto Turek descendió por la escalera para dar caza a la bestia. El dragón veía muy limitado su movimiento al encontrarse arrastrándose por un espacio demasiado estrecho para él. Con sus garras intentó repeler los ataques de Turek, pero el hombre bestia había fijado su presa y ya no cesaría sus ataques hasta acabar con ella. De varios certeros zarpazos cortó el esbelto cuello del dragón y la vida abandonó su cuerpo dejando un enorme charco de sangre que se deslizaba escaleras abajo. Allí quedó muerto, como un terrible sacrificio ante un altar de pura maldad. Una maldad que dio sin éxito su vida por detener. Antes de que Turek se diera cuenta Krahios ya se encontraba a su lado observando a la bestia y dibujando una especie de diagrama mientras estudiaba su cuerpo. Turek conocía bien al nigromante y pensó que al fin y al cabo la criatura no permanecería muerta durante demasiado tiempo. No muerta del todo al menos.

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Sesión 25
La Caída del Nudo Invernal

Semanas 17-18 – Octavo informe

Su Infernal Excelencia,

Recibí su respuesta y a sus enviadas, Tisaera y Melinoe. ¡Oh señor, cuán agradecido os estoy! Su compañía me ha sido muy grata, y su eficacia indiscutible, pero sobre todo porque demuestra vuestra confianza en mí, algo que me honra enormemente y me refuerza en mi inquebrantable voluntad de cumplir con la misión que me ha sido encargada.

Me alegra poder deciros que, aunque las noticias que os traigo son en verdad graves y la misión del Noveno Nudo se ha visto amenazada seriamente, todos los peligros han sido conjurados. Seguimos intactos y más fuertes que nunca, en buena medida gracias a las medidas que Su Excelencia ha dispuesto para nuestro éxito.

En mi último informe os conté cómo logramos acabar con la pesadilla no muerta que atacó el Cuerno, y nuestro éxito resonante al capturar a Sir Valin, el último descendiente en Farholde del cien veces maldito Victorioso, en un plan cuidadosamente diseñado por mí e impecablemente ejecutado por el Nudo bajo mi dirección. Todo parecía marchar sin problemas, pero quedaban algunos asuntos sin resolver que me turbaban seriamente.

El primero, la amenaza de la traición de Deimos, lo acometí aprovechando la llegada de Tisaera y Melinoe. Asmodeo quiso que fuera él quien las recibiera, y quien contemplara de primera mano su poder. Aunque se mostró hostil y amenazante, toda su fachada de arrogancia drow se derrumbó al comprobar que sus trucos de ocultación y engaño eran inútiles contra ellas. Debo confesar, mi señor, que sentí un placer indescriptible cuando pude ver su cara en el momento en que salí al encuentro de las erinias y éstas me recibieron como su señor. Todas sus bravuconadas se demostraron inútiles, y aunque a regañadientes y ladrando mientras se retiraba con el rabo entre las piernas como un perro ante un dragón, reconoció que había sido relevado de facto del liderazgo del grupo, si es que alguna vez lo ostentó.

A pesar de ello, antes de retirarse se atrevió a hablar despectivamente del mismísimo Asmodeo, e incluso de usted, su Infernal Excelencia, pronunciando palabras de traición. Créame que me costó contener la furia de las erinias y la mía propia, pero, como usted dijo, el futuro está lleno de amenazas para los verdaderos hijos de Asmodeo, y debemos ser cautelosos antes de luchar contra nosotros mismos o de eliminar un recurso útil. Por ello, puse a Tisaera y Melinoe a trabajar inmediatamente, y les ordené que secuestraran a uno de los lugartenientes de más confianza del drow. Mientras hablamos, está siendo torturado de forma sistemática, aplicando nuestros considerables recursos tanto físicos como mágicos, para extraer toda la información posible sobre los planes de Deimos y sus conspiraciones en la Infraoscuridad. En cuanto tenga la información, os la haré llegar como una adenda a este informe.

Por otro lado, quedaba también la cuestión del Séptimo Nudo. Aunque, como os transmití, tengo serias reservas sobre su lealtad, quise limar asperezas en aras de coordinarnos mejor para llevar a cabo la voluntad de Asmodeo. Para ello, convocamos una reunión conciliadora en el Cuerno para transmitirles la buena voluntad del Noveno Nudo y nuestro deseo de dejar atrás cualquier mala voluntad que haya podido generarse. Por desgracia, no fue posible.

Su actitud fue desde el principio arrogante y hostil. ¡No quisieron ni siquiera entrar en el propio Cuerno, aduciendo que podíamos estar tendiéndoles una trampa! La reunión hubo de celebrarse en el exterior, enfrente del mismo. A pesar del accidentado comienzo, intentamos mostrar nuestra disposición de resolver pasados desencuentros, y analizar cómo habían podido producirse tantos ataques de aventureros al Cuerno con poco o ningún aviso, dispuestos a mejorar nuestros canales de comunicación y purgarlos de cualquier error. Su actitud fue totalmente despectiva, y ni siquiera nos dejaron exponer nuestro plan para realizar encuentros periódicos e intercambios temporales, en aras de conocernos mejor, fomentar la comprensión y el trabajo en equipo y coordinarnos para la defensa del Cuerno. Más aún, el clérigo de Asmodeo que les acompaña, Titus (al que consideraba mi hermano de fe y guardaba especialmente cercano en mi corazón), se atrevió a desafiarme públicamente y a poner en cuestión mi fe y mi lealtad a Asmodeo. Afortunadamente, las erinias estaban presentes, y actuaron como testigos y prueba indiscutible del favor que Su Excelencia, y por tanto el propio Asmodeo, me profesa. Confrontado con esta realidad, e incapaces de asumir su vergüenza, abandonaron la reunión dejándonos con la palabra en la boca.

Todo esto, como puede imaginar, me dejó absolutamente desolado. Qué poco podía imaginar que lo peor estaba por venir.

Esa misma semana recibimos un informe de que algunos de nuestros hombres habían desaparecido. Siguiendo el rastro, logramos sorprender a un grupo de aventureros que los habían atacado, poniéndolos como cebo de una emboscada que, de haber salido bien, nos habría puesto en serios aprietos. No tuvimos ningún aviso del Séptimo Nudo, y bien podría todo haber acabado en desastre total. Afortunadamente, las capacidades rastreadoras de la bestia-hombre, combinadas con el apoyo de las erinias para acabar con sus refuerzos mercenarios y, sobre todo, mi apoyo mágico, inspirado liderazgo y calculada intervención, acabando con su combatiente más letal, marcaron la diferencia y fueron brutalmente aplastados. Ni que decir tiene que los esbirros que se habían dejado capturar y utilizar de una manera tan burda fueron castigados de forma sumaria.

No obstante, a pesar de la penosa necesidad de destruir físicamente a aquellos ciegos que se niegan a reconocer la superioridad de Asmodeo, el golpe más duro vino al examinar sus pertenencias en busca de pistas sobre su procedencia y al interrogar a los supervivientes. Allí mismo, en sus diarios, estaba aquello que había rezado para no ver nunca: pruebas incontrovertibles de que habían sido enviados por el Séptimo Nudo, y de que éstos les habían revelado todo tipo de información sobre nuestras capacidades y supuestas debilidades. No exagero al decir que sentí tambalearse los cimientos de mi razón por la pena, y de furia por sentirme traicionado de tal manera. ¿A esto se habían dedicado, a evaluar nuestras defensas para vendernos al mejor postor? ¿Era esto lo que hacían mientras nosotros les abrazábamos, palpar nuestras espaldas para elegir el mejor sitio para darnos una puñalada? Si mi razón se tambaleaba, mi fe se reforzó: Asmodeo enseña que sólo unos pocos son capaces de ver Su Verdad, y que de entre ellos, sólo los más fuertes tienen la resolución y la entereza de llevar a cabo sus preceptos y gobernar contra una horda de mediocres y envidiosos, que siempre se conjurarán para intentar destruir a sus superiores.

A pesar de ello, me resistía a pensar que la propia Iglesia de Asmodeo pudiera albergar tal traición: eran necesarias pruebas aún más indiscutibles. Era necesario presentar a Su Excelencia a una confesión que aclarara el asunto de una vez y para siempre.

Así pues, decidimos tenderles una trampa para capturarles e interrogarles. Propuse el plan de fingir que nuestros enemigos habían triunfado y el Nudo había sido diezmado. Mandaría un mensaje al Séptimo avisando de que estaba solo, herido y aguantando el asedio de nuestros rivales, que el ritual estaba a punto de ser echado a perder y que necesitaba refuerzos inmediatos. El plan fue acogido con asombro y admiración por mis compañeros del Noveno, y de repente se produjo un desarrollo inesperado: Deimos se ofreció a presentarse ante el Séptimo fingiendo que quería traicionarme y unirse a ellos, y conduciéndolos hasta el interior del Cuerno sorteando nuestras defensas, a un lugar prefijado para tender la trampa.

La discusión fue larga, y no aburriré a Su Excelencia con los detalles, pues, como podrá imaginar, la idea era creíble – demasiado creíble, tanto que el drow reconoció que se basaba en sus propios planes -, pero baste decir que nos convenció de su honestidad. He de reconocer que quedé impresionado por su compromiso, pues era una misión extremadamente peligrosa. No dejo de preguntarme si tenía intenciones ocultas, pero quiero pensar que era un esfuerzo por redimirse de su conducta anterior. El tiempo dirá si soy demasiado optimista.

Finalmente, procedimos así: nos tomamos un día de descanso, para aprestar nuestras defensas y recursos, y mandé un mensaje advirtiendo de mi situación al Séptimo, señalando que sólo habíamos sobrevivido el drow y yo y que éste estaba en paradero desconocido y temía por su lealtad. Al mismo tiempo, partió Deimos, que debía llegar más tarde ese mismo día, y con el terreno ya abonado para que el Séptimo creyera su mensaje.

Las horas pasaron largas, y no teníamos señal de vida del drow. Inquietos, y temiendo por la seguridad de nuestro compañero, decidí preparar un ritual adivinatorio para entrar en comunión con Asmodeo y obtener información. Supimos entonces que Deimos había sido capturado y se encontraba cautivo en una fortaleza a muchas millas de nuestra posición, que el Séptimo Nudo pensaba matarle y que acto seguido nos atacarían, con intención de acabar con mi vida. Decidimos entonces lanzar un último envite para evitar su fatal destino, y se me ocurrió mandar un segundo mensaje a Zadaria, diciéndole que los aventureros habían vuelto, que yo estaba librando una guerra de guerrillas en el Cuerno, tendiendo nuevas trampas y retrasándoles todo lo posible, pero que mi derrota era inminente. Más aún, envié a las erinias como mensajeras, con la esperanza de cancelar cualquier tentación de dejarme morir y simplemente volver a iniciar el ritual desde cero. Éstas tenían instrucciones de dejar claro que el ritual tardaría meses en poder volver a estar marcha, si es que se conseguía, especialmente dada la necesidad de capturar a un descendiente del cien veces maldito Victorioso.

Mi plan funcionó, y nuestros enemigos atacaron. Les aguardamos en una de las salas de los teleportadores, preparados para contraatacar allí por donde entraran, como una reserva móvil. El combate final se produjo en el templo de Vetra Kali de la segunda planta. Intentaron usar el teleportador para subir al Sánctum, pero al comprobar que tenía trampas, se retiraron. En ese momento di la señal y atacamos como la furia del Infierno.

Con un fogonazo cegador, surgimos del teleportador y les atacamos por la retaguardia. Kraihos, el nigromante, fue el primero en actuar, y con un gesto de sus marchitas extremidades, reunió energía arcana, y lanzó un conjuro contra Elise Zadaria, cerrando su esquelético puño con sorprendente fuerza. Zadaria, antes de saber qué había ocurrido, se agarró la garganta con fuerza, luchando por respirar, y comenzó a ponerse cianótica. No bien había ocurrido esto, la bestia hombre se lanzó sobre Titus, el falsario clérigo de Asmodeo, el más cercano a nosotros, y siguiendo mis instrucciones le derribó con fuerza pero preservando su vida. No obstante, el traicionero hereje se revolvió, y pude ver cómo reunía energías mágicas para destruir el cuerpo de mi compañero feral. Furioso por ver cómo persistía en su traición, cómo utilizaba los dones que concede el Señor de los Infiernos mientras escupe en sus enseñanzas, cargué sobre él y le golpeé brutalmente con mi maza, recién reforjada, descargando un conjuro letal además de sus propias energías. Arranqué la cabeza del traidor, y mientras su cuerpo se convulsionaba y su sangre hervía, se la arrojé a sus compañeros gritando:

-¡Miradme y temblad, mortales! ¡Soy la ira de Asmodeo hecha carne divina y fuego, y vengo a descargar ruina sobre vuestras cabezas!

Aquello fue demasiado para nuestros enemigos, que huyeron despavoridos presas del pánico, con la cobardía que anida en el corazón de cualquier traidor. Sólo el bárbaro reaccionó con valor, cargando contra mí para proteger a su ama. Gritando, se abalanzó sobre mí, descargando su golpe más terrible… con ningún efecto sobre mi cuerpo acorazado. Su lealtad fue encomiable, pero errada. Aturdido por mis conjuros y mi inevitable contraataque, se vio incapaz de reaccionar cuando la bestia-hombre saltó sobre él, desgarrándole en un torbellino de garras y colmillos. Aparté la mirada de tan justificado como repugnante ejercicio de salvajismo, y aproveché para evaluar la situación táctica. Su guía, un ladrón, había huido atravesando el muro de fuego con que cerré la estancia, hostigado por Grumblejack, el brutal guardaespaldas de Deimos, y pronto también por la bestia. Su captura era tan inminente como inevitable. La bruja, tras unos agónicos estertores, expiró ante la mirada de apática curiosidad de Kraihos y sus guardaespaldas.

Aquello no me servía: quería una confesión que presentar a Su Excelencia. Así pues, ejerciendo el dominio sobre la vida y la muerte que me proporciona Asmodeo, la resucité. Se resistió y comenzó a lanzar conjuros letales en cuanto abrió los ojos, profiriendo las peores blasfemias contra el Duque de los Planos Inferiores, pero la reduje rápida y expeditivamente.

Lo que ocurrió después, es mejor que lo vea Su Excelencia: adjunto una piedra mágica con la grabación del juicio sumario y el castigo ejemplar de los supervivientes, para que pueda deleitarse contemplándolo cuantas veces quiera.

Ah, sí. El drow fue rescatado con vida, y la fortaleza del Séptimo Nudo fue quemada junto con todo rastro de su traición.

Semanas 19-30 – Informes Noveno a Undécimo

Su Infernal Excelencia,

Con la derrota del Séptimo, se abrió una etapa de bastante tranquilidad. Aunque he ido informando periódicamente a Mi Señor de que seguíamos adelante con el ritual, resumo los desarrollos en este informe para mayor comodidad.

Ahora que no tenemos el apoyo del Séptimo Nudo, hemos extendido nuestra propia red de informadores para saber cómo evoluciona la situación en Farholde, estar preparados ante cualquier ataque inminente y acabar con las amenazas al Cuerno antes de que se produzcan, por ejemplo, echando la culpa de los problemas actuales de la ciudad a la pequeña e indefensa comunidad de iroden de Farholde. La organización ha demostrado ser bastante eficaz en este propósito, y aunque heterogénea y formada por criaturas sin entrenamiento previo en la mayoría de los casos, la influencia de Asmodeo se ha hecho notar, y el entrenamiento y la disciplina férrea la han convertido en una maquinaria bien engrasada.

Seguramente la necesitaremos, pues según parece el vacío de poder que se ha producido en Farholde ha sido aprovechado por la abadesa de Santa Cinthia-Celeste y su orden de monjas guerreras. Patrullas de guerreras del bien fuertemente armadas han tomado la ciudad, y la recorren imponiendo su voluntad bajo la excusa de una ola de crímenes. Es evidente que el asentamiento está en avanzado estado de descomposición, y que pronto será ingobernable y una ciudad fallida. ¿Es posible que se haya producido un golpe de Estado de facto en Farholde? Ciertamente, sería un golpe de mano magistral por parte de la abadesa, aunque me cuesta creer que una sierva del dios de los corderos sea tan audaz. Me sentí tentado de organizar algún tipo de incursión punitiva en la ciudad y aniquilar unas cuantas putas de Mitra, pero en aras de la misión y de mantener la discreción, preferí contenerme. Estamos a punto de acabar el ritual, y eso es lo prioritario.

La primera semana después de la desaparición del Séptimo transcurrió casi sin incidentes. Supimos a posteriori que Deimos se había encargado de un problema disciplinario entre sus drow, que se le presentaron con exigencias disparatadas. ¿Quizá su cautiverio ha tenido secuelas inesperadas y se está ablandando? Los esbirros perciben la debilidad, especialmente unos tan taimados como los drow. En cualquier caso, resolvió la situación de forma eficaz e inmediata, eliminando cualquier conato de descontento entre los levantiscos elfos oscuros. Esperemos que sea suficiente, aunque es una prueba más de que con criaturas tan caóticas no es posible tener una organización eficaz.

A la semana siguiente, nuestra red de espías interceptó una petición de ayuda de la abadesa a la capital para que se enviaran tropas a Farholde para mantener el orden y atacar el Cuerno. Naturalmente, mensaje y mensajero fueron rápidamente eliminados. El Consejo del Cuerno debatió sobre la conveniencia de acabar con la abadesa por ser un peligro potencial, pero de nuevo se impuso la cautela.

Un par de semanas más tarde, recibimos una prueba más del humor de Asmodeo y de lo podrido de Talingarde. Una poderosa comerciante local, Shalyn Marsten, nos hizo llegar una solicitud para contactar con nosotros. Movidos por la curiosidad, aceptamos, y sostuve una reunión con ella como líder del Noveno Nudo. Parece ser una mujer inteligente y oportunista, que ha logrado amasar una fortuna aprovechando las desgracias ajenas, y quería ofrecernos una recompensa por eliminar a sus rivales políticos y económicos aprovechando la turbulenta situación actual. En principio, no tendría nada en contra de sus planes, pero no deja de parecerme irónico que en una ciudad condenada y en abierto descenso al caos sus habitantes más destacados se dediquen a intentar buscar el provecho propio antes que centrarse en los problemas que amenazan su misma supervivencia. En definitiva, Marsten es despreciable, pero útil, y podría ser una fuente de información y recursos en las semanas que quedan. Decidí concederle su petición y mantenerla contenta con algunos encuentros carnales. Quién sabe; quizá sobreviva y volvamos encontrarnos en el futuro.

Unos días después, recibimos una noticia turbadora. Finalmente, el dragón de plata ha aparecido. Atacó repentina y brutalmente la mansión del Barón Vandermir, que ha perecido. Según hemos sabido, luchó valiente pero fútilmente contra la criatura, y logró dañarla con conjuros de fuego. Debemos estar preparados. Ya he propuesto a mis compañeros del Nudo reforzar sus armas con fuego impío.

Las cosas volvieron rápidamente a la normalidad en Farholde después del ataque del dragón, o eso parece, e incluso llegó a celebrarse una feria en la ciudad. En ella se pusieron a la venta varios objetos mágicos, pero nos aseguramos de comprobar que ninguno era una amenaza para el grupo.

Otras dos semanas después, recibimos un nuevo ataque al Cuerno, si bien fue puramente anecdótico. Una suerte de fuegos fatuos se colaron en la fortaleza y liquidaron a un par de huérfanos. Cuando advertimos la amenaza, respondimos con contundencia, y resultaron ser media docena de seres invisibles que atacaban con potentes descargas eléctricas. De nuevo, el Nudo resultó ser mucho más de lo que podían tragar, y aunque algunos de mis compañeros recibieron heridas menores, rápidamente reaccioné protegiéndoles frente a la electricidad. A partir de aquel momento, las criaturas era incapaces de dañarnos, y fueron despachadas rápida y eficientemente.

Finalmente, la última amenaza, por llamarla de alguna manera, que hemos sufrido se debió a una gorgimera que se avistó en las inmediaciones del Cuerno. La bestia, ilusionada como un niño con un juguete nuevo, se propuso salir a cazarla. Aunque no vi demasiado clara la sensatez de la idea, lo cierto es que llevábamos demasiadas semanas inactivos, y eso lleva a la pereza y a perder el entrenamiento. Además, era obvio que no conseguiríamos disuadirle, y preferí acompañarle y garantizar su seguridad antes que arriesgarme a perder a un combatiente tan valioso en la recta final del ritual. Kraihos también decidió tomar parte, murmurando algo sobre un “curioso espécimen” y “futuros experimentos”. El drow, sin embargo, estaba sumido en un estupor, quizá alcohólico, quizá por las drogas, probablemente ambas, y decidió quedarse en el Cuerno. Obviamente, la pérdida del liderazgo le ha sumido en una espiral decadente de complacencia y autodestrucción, aunque mientras sea leal, me es indiferente cuánto se eche a perder en tanto que siga manteniendo su utilidad. Después será desechado.

Nuestra alarma resultó estar injustificada, y cuando finalmente hayamos a la gorgimera, estaba bebiendo en un riachuelo cercano. La bestia-hombre insistió en atacarla y domarla en solitario, por lo que le lancé unos cuantos conjuros protectores, y continué con el paseo por el bosque y la agradable charla con Kraihos. Tenía un aspecto bastante cómico, con su túnica oscura y su piel pálida y macilenta, sosteniendo un parasol para evitar quemarse, aunque es indudable que su inteligencia es excepcional, y es un compañero tan valioso en la conversación como en el combate. Además, conjuró unas curiosas y sabrosas viandas, que llamó “palomitas de chocolate”, que degustamos mientras contemplábamos el espectáculo de doma. La bestia volvió al Cuerno con una sonrisa de oreja a oreja y su nueva mascota, y nosotros volvimos conversando mientras veíamos a ambos correr aquí y allá y revolcarse entre las hojas y los troncos. Definitivamente, el Nudo está compuesto por criaturas excepcionales.

Cita del día: “Con hombres íntegros pueden quizá ganarse batallas, pero no gobernar reinos.”

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Sesión 24
Los incursores verdes atacan el cuerno

Pre-sesión

El retorcido Imp revoloteaba de un lado para el otro del laboratorio, inquieto. Se maravillaba de cómo su amo había conseguido transformar en sólo unas semanas aquella gran estancia, de una mazmorra lúgubre y poco luminosa, en un auténtico santuario de Asmodeo, y un taller de creación de poderosos objetos forjados con la magia sacrílega de su Señor Oscuro.

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El amo Maldrek estaba tratando de concentrarse, quemaba hierbas que hacían salir del fuego extraños colores azulados, que se tornaron rojizos y oscuros cuando el amo pinchó con un estilete en forma de diablo a una rata viva, ensartando su boca y derramando su sangre sobre la mezcla. Sin duda, se preparaba para realizar otro oscuro ritual en algún objeto, para encantarlo con magia sacrílega.

Amo Maldrek, cuéntemelo por favor, aún no me ha dicho nada

El revoltoso Imp saltaba de un sitio para otro

Para qué quieres saberlo?, estoy ocupado, estoy trabajando en un nuevo objeto…

Un mueca cruel asomó a su cara

Si me contáis más cosas de sus compañeros del Nudo, podré ayudarle mejor Amo

Espetó astuto y retorcido el pequeño diablo

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Está bien Imp, te contaré nuestra aplastante victoria sobre los invasores. Convocamos mediante uno de los cuervos al Nudo Invernal. Pretendíamos exigirles información de porqué no habíamos sido informados del ataque del Inquisidor Harkon. Elise alegó haber enviado mensajeros para alertarnos, y lo cierto es que por algún extraño motivo, la creo. El encuentro con el 7º Nudo fue peor que en otras ocasiones. El tiempo que el 7º y el 9º Nudo pasaron en la mansión del Maestro ambos grupos se enzarzaron en arduas discusiones. Pude contemplarlo desde la distancia. Pero esta vez fue más intenso. El odio entre nuestros dos Nudos podía palparse en el ambiente.
La primera noticia de que algo iba mal vino porque parte de los hombres de Hatcher, incluido el asesino mediano que trabajaba para Turek. Sospechando que algo podía ir mal, decidimos en reunión del consejo del Nudo iniciar una partida de búsqueda.

Lo sé amo, yo estaba presente en ese consejo

No me interrumpas Imp!. La partida de caza fue liderada por Turek, aunque Deimos le ayudaba limitadamente. Tenemos suerte de contar con el hombre bestia entre nosotros. El Maestro fue muy inteligente al reclutarle como parte de Nesus. La gracia de Asmodeo nos sonrío, y quiso el Señor Oscuro que la bestia encontrase el rastro de nuestros esbirros, y además que encontrase el más difícil de encontrar rastro de nuestros atacantes. Todo se trataba de una trampa. El rastro era falso, preparado para llevarnos hasta una zona del Bryer donde un grupo de aventureros nos aguardaba. La lluvia de la primavera y una ligera neblina complicaba mucho nuestro trabajo. Y aún me sorprende cómo pudo la bestia encontrar esos rastros, más cuando se trataba de expertos habitantes del bosque aquellos que nos habían preparado esa trampa.

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La emboscada se volvió en su contra, el asesino y Turek se aproximaron por detrás de la zona de la emboscada, y nos facilitaron información de la ubicación de nuestros atacantes.
Descargamos sobre ellos todo el fuego y la ira de Asmodeo, el Señor Oscuro traiga sobre nosotros su impío favor. Los enemigos estaban preparados, habían lanzado sobre ellos magia que los protegía de nuestro fuego destructor. Después entenderíamos porqué.
Cuando la batalla hubo terminado, más brevemente de lo que me hubiese gustado, ya que apenas pude descargar mis golpes sobre los impíos enemigos de la verdadera Fe, saqueamos sus maltrechos cadáveres. Rotos por los golpes y garrazos de la Bestia. El cadáver del gnomo hechicero, el que parecía el jefe del grupo, llevaba un diario, en el que descubrí la pérfida traición de Elise Zadaria y los suyos..juro que la ira de Asmodeo les golpeará implacablemente.

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Presesión 24
Reunión semanal de los Señores del Cuerno

La gran sala de guerra se encontraba en silencio mientras tres de los grandes señores del Cuerno ocupaban sus asientos. Como siempre Krahios ya se encontraba allí cuando llegaron, con su extremo de la mesa atestado de mapas, de libros y de sus notas personales. Mientras el resto se sentaban el nigromante se encontraba repasando sus últimas notas sentado sobre su imponente trono de huesos forrado con piel humana. Tras él se encontraba la acorazada figura de Thanos, manteniéndose de pie en su eterna guardia. A su lado el esquelético Kumanda impregnaba el suelo con la sangre fresca que siempre se deslizaba recubriendo su cuerpo y sobre el respaldo del trono el pequeño mephit de hielo ojeaba las notas de su amo en un intento por descifrar su encriptada escritura.

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Uno a uno, el resto se acomodaron en sus asientos, Turek en su tosca silla fabricada con huesos y astas de animales cazados por él mismo, Maldrek en su elegante trono de rojo terciopelo grabado con símbolos sagrados de Asmodeo y Deimos sobre un oscuro trono labrado en obsidiana y cubierto de cojines de seda.

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Junto a Turek, manteniéndose de pie, aguardaba la enorme figura de Grumblejack. El enorme ogro cruzó su mirada con Krahios mientras éste lo sorprendió escudriñando algunos de los mapas que colgaban de las paredes de la sala de guerra. La mirada perdida del ogro, intentando desentrañar los símbolos y marcas que el nigromante había trazado en algunos de los mapas hizo que éste enarcara una ceja.

Como siempre fue Krahios quien rompió el silencio reinante en la sala.

-Señores, debemos planear las actividades del Cuerno de Abaddon en el transcurso de esta nueva semana.

-Yo voto por enviar a nuestros hombres a saquear las tierras cercanas al Cuerno, necesitamos oro para comprar nuevos componentes y fabricar algunos artefactos mágicos – se apresuró a expresar Maldrek.

Aquel sacerdote era sin duda un hombre de gran juicio y habilidad, pero a los ojos de Krahios aquella malsana obsesión por el oro podría traerle problemas en un futuro, aunque por otra parte los experimentos del nigromante necesitaban componentes raros y muy caros y no le vendrían mal algunos fondos.

- Yo estoy de acuerdo- apuntó Deimos – Mis hombres necesitan matar, hace días que sus aceros no prueban la sangre.

Antes de expresar su opinión, el nigromante dirigió su mirada hacia Turek, al igual que el resto del grupo. A estas alturas todos sabían que era Krahios quién planteaba casi todas las iniciativas pero siempre escuchaba juicioso al resto del Nudo antes de expresar su opinión.

-Yo voto por conseguir oro, pero de la forma más discreta posible. Enviemos a los huérfanos a robar algunas bolsas a los ciudadanos ricos de Farholde – contestó el hombre bestia con su voz ronca.

-¡No!, mis hombres necesitan acción, debemos enseñar a los débiles humanos a temer a los señores del Cuerno – interrumpió el drow.

Lentamente Krahios se pasó los dedos índice y pulgar por los colmillos, como solía hacer mientras se encontraba pensativo. El nigromante se planteaba hasta que punto le eran leales sus hombres al elfo oscuro y hasta que punto realmente necesitaba mantenerlos ocupados y darle salida a su sed de sangre para evitar deserciones y motines. Los elfos oscuros eran considerados criaturas inteligentes y astutas por el resto de razas civilizadas, pero a Krahios nunca se lo habían parecido, ¿qué clase de seres podían perder de vista sus objetivos a largo plazo para perderse en sus más bajas pasiones?. Por otra parte usar el miedo como arma era algo que conocía a la perfección y que siempre le había dado buenos resultados en el pasado aunque se corría el riesgo de que los humanos al sentirse aterrorizados se unieran y marcharan en masa contra el templo. Sin embargo estaba demasiado ocupado con sus experimentos como para tener que preocuparse por una posible insurreción de los elfos oscuros.

Krahios cruzó una mirada con Maldrek y éste se pronunció sobre el tema.

-Yo voto por obtener el oro de la forma más violenta posible para que la turba de paletos que vegeta en Farholde aprenda a temer a su auténtico señor, que siempre ha sido, es y será el glorioso Asmodeo.

-Yo voto por dejar que los elfos oscuros sacien su sed de sangre a condición de que siembren el pánico y dejen tras su paso un rastro de cadáveres mutilados. Que sean lo más imaginativos posible – se pronunció finalmente Krahios.

-Eso podéis darlo por hecho – sonrió Deimos mientras frotaba sus manos entrelazando sus dedos largos y delgados.

-Hay otro tema que nos preocupaba a todos como ya hemos expresado en reuniones anteriores. Las posibles represalias de Farholde por haber raptado a Sir Varin – prosiguió Krahios – esa junto a la dudosa lealtad del Séptimo Nudo son los mayores problemas que deberíamos, a mi juicio, solventar esta semana y tras meditar sobre ello someto a vuestro voto lo siguiente; enviar a nuestros hombres más discretos a obtener información en la ciudad acerca de posibles movimientos de la guardia o planes para rescatar a su gobernante del Cuerno. Al mismo tiempo acordaremos una reunión con el Séptimo Nudo con el objetivo de pedirles que averigüen la misma información y por último enviar mensajeros al Barón Vandermir con la misma petición. Cuando reunamos todo contrastaremos las tres fuentes y veremos quienes nos son realmente leales.

El resto de los señores del Nudo se tomaron su tiempo antes de responder a la sugerencia, algunos intentando visualizar el plan y otros rememorando su odio por los componentes del Nudo rival y su desconfianza del barón.

- Sin duda lo apoyamos – respondió Turek con voz atronadora mientras pensaba como le gustaría sentir el cuello de aquella bruja de pelo blanco entre sus garras.

- Perfecto- apuntó Krahios mientras transcribía el resultado de la reunión de esta semana en sus notas personales.

Uno a uno fueron abandonando la sala de guerra dejando solo al nigromante y sus servidores. Krahios se reclinó sobre su asiento mientras sus ojos iban moviéndose de un mapa de la pared a otro. De un mapa del Cuerno elaborado por él mismo a una mapa detallado de la ciudad de Farholde. Adrastrus había sido muy inteligente. Dos Nudos independientes con dos misiones distintas, cada uno desconociendo las actividades del otro, desconfiando entre ellos pero al mismo tiempo trabajando en un objetivo común. Krahios no tenía ninguna duda de que el Séptimo Nudo planeaba su traición contra el Cuerno. El orgullo de Zadaria había sido ofendido desde el momento en se les designo para dar apoyo mientras la tarea principal recaía en el Noveno Nudo. Sin duda Adrastrus habría deducido todo esto. Él tendría claro que sólo uno de los Nudos se mantendría con vida cuando se llevara a cabo la invocación de Vetra Kali. Dejaría que ambos grupos se mataran entre sí para asegurarse de que sólo los más aptos seguirían adelante con sus planes. Ese era el destino de quienes servían a Asmodeo, ese el destino de quienes tenían la voluntad suficiente para seguir la senda de los malditos.

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Sesión 23
Capturando la sangre del Victorioso

Hexor contemplaba divertido cómo su hermano despertaba de su mágico letargo. Vexor había entrado en un profundo sueño que le había llevado muy lejos, hasta el plano infernal en que ambos hermanos habían sido creados. Pero ahora, la silenciosa llamada de la pesadilla de cenizas le había devuelto hasta el Cuerno de Abbadon una vez más.

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Van a padecer el dolor de la pesadilla.

Saludó Hedor a su hermano mientras este terminaba de reconstituirse.

Es un espectáculo que no me quiero perder.

Horas después, en el primer nivel del Templo, la oscuridad, el miedo y el dolor comenzaban a cobrar forma. Ritual que se producía cada año, la misma noche en que varios sacerdotes y sirvientes de bajo nivel habían muerto abrasados por el fuego cegador de los hechiceros del Victorioso.

La criatura, una vez conformada, salió de la habitación. Desde las sombras, ambos demonios contemplaban divertidos el espectáculo de dolor y muerte. Poco a poco, hasta tres humanos cayeron consumidos por las cenizas y el dolor. El cazador tenía hambre, y su apetito no podía saciarse fácilmente. Mañana ya no estaría, pero esta noche, se alimentaría con los cuerpos y las almas de tantos vivos como pudiese.

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Su alegría comenzó a desvanecerse cuando vieron salir a toda velocidad a la bestia Turek. Ambos demonios custodio habían probado las afiladas garras de plata del cambiante, y sabían que con él en juego, la diversión no podía tardar mucho en desvanecerse. La sombra de cenizas resultó ser un rival demasiado fuerte para el guerrero, este dirigió a los hombres a su alrededor para que uno de ellos tocase la campana de alerta, e hizo frente a la criatura, que le dejó medio muerto. Al rato aparecieron el resto de miembros del Nudo Infernal que se había hecho con el control del Cuerno. Sin embargo, no eran rival para el poder de la criatura, y decidieron que debían abandonar el cuerno.

Los dos hermanos contemplaban divertidos cómo todos los seres vivos del Templo lo abandonaron con toda la presteza de la que eran capaces. Lo que pasó a continuación, esos largos momentos de espera, lo ignoran por completo, pues su visión y poder se limita al interior del Templo.

Finalmente, el Noveno Nudo volvió a entrar…

Interesante novedad

Susurró en silencio Vexor a su hermano, ya totalmente reconfigurado en este plano.

La criatura de sombras y ceniza, al verse acorralada, hizo uso de su poder, y vomitó sobre los nuevos enemigos un chorro de odio y temor. Todos huyeron aterrados, todos salvo el nuevo sacerdote del Dios-Diablo. Aquel al que los dos Demonios custodio odiaban más. Finalmente, tras una muy dura lucha, la criatura Turek, una vez más esa maldita bestia de garras y furia animal. Destruyó al espectro de la muerte.

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Días después, todo en el templo ha transcurrido soporíferamente. En la sala de guerra del Nudo escuchan cómo los miembros de Nesus planeaban sus próximos movimientos. Un ataque al orfanato de Farholde, para acabar con un mocoso que les estaba haciendo competencia en la ciudad, y el asalto a un tal Valin Darian. Pocos días después han regresado al templo con un maltrecho caballero al que han encerrado en las celdas superiores. El impío sacerdote, ayudado por el enloquecido enano, ha comenzado a torturarle en seguida.

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Pero lo peor de todo, es que dos diablos más, que por algún motivo obedecen, más o menos, al sacerdote asmodita, también han entrado en el templo. Si los collares no les atasen, todos los diablos del templo serían expulsados sin duda. Malditos mortales…

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Sesiones 20-22
Informe al cardenal Adrastus Thorn

Semana 7 – Primer informe

Su infernal Excelencia,

He llegado al Noveno Nudo, y como esperábamos, está en completo desorden. No obstante, tiene elementos muy prometedores. La muerte del llamado Yetar, su eslabón más débil, puede haber sido, paradójicamente, una bendición del Príncipe Oscuro que permita renacer este grupo y ser forjado en el yunque de la fe y las dificultades para emerger más poderoso que nunca al servicio de Asmodeo.

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A mí llegada fui recibido por dos seres peculiares. Uno, una bestia antropoide que se hace pasar por un humanoide inteligente; feroz e indisciplinada, pero un combatiente sin igual. Es indiscutible que el poder de su salvajismo será útil para avanzar la causa de Asmodeo, siempre que se le mantenga bajo control. El otro apenas era visible, rodeado por una cohorte de esqueletos y cubierto por una túnica que apenas dejaba nada a la vista, aunque parece ser un ser de ascendencia infernal, como yo mismo. Del tercer miembro del Nudo no hay rastro. Según me han dicho, está resolviendo asuntos propios en la Infraoscuridad. Preocupante. ¿Qué podría ser más importante que la causa del Señor del Infierno?

Con el pasar de los días, he podido comprobar que las defensas del Cuerno son sólidas. A pesar del contratiempo con la muerte del cuarto miembro, el resto del Nudo no ha permanecido ocioso. El Cuerno está poblado por un auténtico ejército de criaturas impías, desde seres salvajes nativos de la zona a no muertos invocados por el tal Kraihos. Hablando de él, ha demostrado poseer imaginación, recursos e iniciativa. Juntos hemos usado parte del oro que Su Excelencia Infernal me entregó para el Nudo para reforzar las defensas. A pesar de su frialdad y distancia, lo cierto es que nuestras capacidades mágicas combinan excelentemente, y hemos podido crear una batería de trampas mágicas en puntos clave que hacen el Cuerno inexpugnable. La bestia-hombre también se ha beneficiado del refuerzo, y he puesto toda mi capacidad como creador de objetos para reforzar mágicamente su equipo y hacerle un combatiente todavía más poderoso.

Semanas 8-10 – Segundo informe

Su Infernal Excelencia,

Las defensas del Cuerno han sido puestas a prueba, y han resistido admirablemente. Mi trabajo junto al nigromante ha dado unos frutos letales.

Recibimos un informe del Séptimo Nudo avisándonos de la llegada de un grupo de aventureros, aunque atacaron por una entrada diferente de la prevista. ¿Casualidad? ¿Un error debido a la incompetencia, o albergan ambiciones inapropiadas? En cualquier caso, seguro que su Excelencia Infernal sabrá cómo castigarles si lo estima oportuno.

Sea como fuere, más tarde averiguamos bajo tortura que se trataba de unos mercenarios intentando recuperar el tesoro perdido del Cuerno. Indudablemente, eran seres muy poderosos, demasiado para el Séptimo Nudo (lo cual explica por qué los dejaron para nosotros). Los aventureros fueron perdiendo recursos por las trampas hasta llegar al Cuerno, donde quedaron atrapados por una trampa de foso. Allí los sorprendimos, y emprendimos una feroz batalla. Aunque el Nudo estaba debilitado por la ausencia del drow y por la falta de experiencia combatiendo juntos, mi liderazgo y poder mágico, apoyado por los hechizos del nigromante y las flechas de la bestia-hombre castigaron a los intrusos hasta acabar con la mitad de ellos.

Finalmente, uno de sus integrantes, un clérigo de una deidad enana de cuentamonedas huyó despavorido, siendo cazado y capturado por Turek. El bárbaro ifrit quedó atrapado en una celda, pero aún estaba armado y era peligroso. A pesar de las heridas que sufrí protegiendo a los otros integrantes del Nudo, asumí que debía encargarme personalmente de ese peligro, y salté para acabar con él mano a mano. Fue un combate brutal, pero después de un intercambio de terribles golpes, domeñé a ese ser salvaje, restaurando el orden en el Cuerno y ganando la admiración de la guarnición. Mientras escribo estas líneas, ambos supervivientes yacen en las celdas del Cuerno, recuperándose de una sesión de tortura. Ya sabemos por qué vinieron y hemos requisado sus fondos de emergencia, así que dudo que tengan más información, pero sin duda podré encontrarles alguna utilidad.

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Para completar la buena racha, unos días después recibimos otra buena noticia: Sakkarot Hacha de Fuego acabó con el ejército del duque de Farholde, acabando con éste en combate personal. La moral de los lugareños está bajo mínimos, y la desesperación corre como la pólvora. No obstante, también hay algo preocupante: hemos empezado a advertir bajas entre la guarnición del Cuerno. Hasta ahora, no ha habido una explicación satisfactoria. ¿Quizá es el Séptimo Nudo, celosos de nuestro éxito? No quiero insinuar que podrían ser desleales, pero indudablemente es una posibilidad a tener en cuenta siempre que se trata con no asmoditas.

Aproximadamente una semana después, descubrimos la causa de al menos algunas de las bajas (no puedo descartar completamente la intervención del Séptimo). Los boggards que se revuelcan en los niveles inferiores del Cuerno nos advirtieron de que habían detectado a un depredador terrible en las cercanías, y que varias patrullas habían sido atacadas. Naturalmente, teniendo como prioridad absoluta el éxito de la misión que su Excelencia Infernal me ha encomendado, reuní a mis dos asociados y los lideré en una partida de caza para acabar con la bestia (la cuadrúpeda, quiero decir).

Resultó ser un tigre de tamaño descomunal que nos emboscó en el bosque cercano. Afortunadamente, saltó sobre mí, el único que podía resistir su acometida y devolver los golpes con terrible potencia, garra contra maza hasta reducirlo y aniquilar a este depredador supremo. La bestia-hombre colaboró y me apoyó hasta que dí el golpe de gracia, insuflándole energía negativa directamente en el cerebro y extinguiendo su vida. Debo reconocer que su capacidad de lucha es admirable.

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Semana 11 – Tercer informe

Su infernal Excelencia,

Los trabajos para recuperar las Lágrimas de Aklyss prosiguen adecuadamente. No obstante, estoy intranquilo. Se ha divisado un dragón plateado en las cercanías, volando sobre Farholde. Desconocemos sus intenciones y capacidades. Nos hemos preparado para un ataque pero, hasta ahora, no ha dado más señales de vida.

¿Podría su Excelencia, merced a sus superiores aptitudes y conocimiento, darnos más información sobre este enemigo? Creo que puede suponer un riesgo significativo, y estar preparados para él nos daría una ventaja que podría demostrarse decisiva.

Semana 12 – Cuarto informe

Su Infernal Excelencia,

Ha ocurrido lo impensable. Hemos sufrido una brecha de seguridad crítica, y la misión ha peligrado seriamente.

A mediodía, sin previo aviso, una partida de incursores se teleportó al mismísimo corazón del Cuerno, a la tercera planta. Allí están no sólo nuestros aposentos, sino también el único acceso al Sánctum. Las trampas que tendimos el nigromante y yo resultaron inefectivas para causarles daño, pues vinieron preparados y con conocimientos precisos sobre la disposición del Cuerno y sus teleportadores. Afortunadamente, sí que nos permitieron advertir su presencia y aprestarnos a la batalla para no ser cogidos por sorpresa.

En aquel momento, en la planta superior sólo estábamos Kraihos y yo mismo. La bestia-hombre patrullaba otros sectores del Cuerno, y sólo más tarde pudo unirse a vosotros. En cuanto al drow, tuvo a bien volver de sus actividades particulares y dedicar parte de su valioso tiempo a colaborar con el Nudo. No obstante, su participación en el combate fue irrelevante, siendo generoso. En un acceso de cobardía, y ante una situación desesperada, se quedó en su habitación “poniéndose la armadura” durante todo el combate, aunque al menos envió a uno de sus esbirros para colaborar en el combate. Fiel al estilo de su amo, en cuanto empezó a recibir castigo se dejó caer al suelo fingiéndose muerto.

Mientras tanto, Kraihos y yo mismo nos atrincheramos en una posición defendible, con la espalda contra la pared, luchando a muerte contra las acometidas de los enemigos. El grupo resultó estar compuesto por un inquisidor de Mitra, un clérigo del débil dios-sol, un bandido a sueldo del inquisidor y sus huestes armadas de alabarderos.

El nigromante demostró su valía combatiendo a mi lado, manteniendo la línea con sus cohortes de muertos y proporcionando un apoyo imprescindible. A pesar de su frágil constitución, y de que tanto él como sus escoltas recibieron serios daños, mantuvo la posición sin dudar. Es, con diferencia, el miembro más valioso del Nudo, y con el que me siento más a gusto colaborando, sea en el laboratorio o en el campo de batalla.

Tras un combate brutal en que ambos bandos gastamos todos nuestros recursos, la situación llegó a un punto muerto temporal cuando logré conjurar un muro de fuego que detuviera sus acometidas mientras recuperábamos el resuello y sanábamos nuestras heridas. El inquisidor, como era de esperar en un cobarde seguidor de Mitra, aprovechó para reunir a sus huestes y huyó por el teleportador.

Llegamos justo a tiempo para escuchar la palabra clave que usaron para huir. Como justo en ese momento se nos unió la bestia-hombre, y el drow por fin logró la ímproba tarea de ponerse una armadura de cuero, a pesar del castigo que había sufrido, decidimos ir tras ellos.

La palabra de mando nos llevó a un cuarto teleportador, situado en la espesura, del que no teníamos noticias. Les sorprendimos cuando se retiraban, y tras una corta pero sangrienta batalla, nos impusimos sobre ellos. Contar, esta vez sí, con los cuatro miembros del grupo, que gracias al tiempo de preparación de que dispusimos estaban reforzados por mis hechizos, decantó definitivamente la balanza a nuestro favor. Aniquilamos a nuestros enemigos, incuído desgraciadamente el inquisidor. No obstante, logramos capturar al clérigo y a uno de los alabarderos.

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Viendo claramente el riesgo para la seguridad que suponía este cuarto teleportador, y tras una breve discusión, la bestia-hombre lo inutilizó de forma tan brutal como definitiva. En ese intercambio, el drow, sin duda avergonzado por su alarde de cobardía e ineptitud y sus inexplicables ausencias, e intentando desplazar nuestras miradas de su nula aportación al grupo, cuestionó mi autoridad y la legitimidad de mi presencia. Confrontado con lo indiscutible de la relevancia de mi papel unir el Nudo bajo un liderazgo fuerte, ser la voz de Asmodeo en el Cuerno y reforzar las defensas, llegó a poner en duda el liderazgo de su Excelencia Infernal y su sabiduría al enviarme. Por el bien de la misión, decidí zanjar la discusión con una advertencia y no castigar tan osadas palabras de forma sumaria. Me temo que fue un error.

Esa noche me desperté cuando intentó asesinarme vilmente y a traición, aprovechando su guardia. Con su espada en el cuello, me animó a dedicar unas últimas palabras a “mi ridículo dios y a su igualmente patético cardenal”. Mis disculpas, Excelencia; a mí también me arde la sangre al recordarlo, pero debo ser fiel y exhaustivo en mi relato de lo acontecido.

Lo cierto es que no me sorprendió su actitud, pues ya había oído rumores sobre lo dudosa de su lealtad y sus veleidades de liderar el Nudo y ponerlo al servicio de los intereses de su raza de infraseres de la oscuridad. Por fortuna, estaba preparado: descargué una de las protecciones mágicas de mi armadura, sumiéndole en un terrible dolor mientras la electricidad recorría su cuerpo (debo agradecer, una vez más, al nigromante Kraihos por su colaboración en la preparación de estas defensas: de nuevo probó su valía). Esto despertó a los demás, lógicamente, y a pesar de estar moribundo, el drow quiso consumar su intento de asesinato antes de verse sorprendido por el resto del Nudo. Me atacó salvajemente, pero rechacé despectivamente sus débiles acometidas: es un ser poderoso cuando sorprende a los demás, pero en un combate honorable de frente demuestra su inutilidad. Cuando me erguí y le planté batalla, se deslizó entre las sombras con su hechicería ninja.

Debo reconocer, Excelencia, que estuve tentado de acabar con él. No podía verle, pero sentía su presencia cercana mientras me hablaba. Pensé en lanzar una bola de fuego sobre mí mismo (no me importaban las heridas que pudiera sufrir si con eso resarcía vuestro honor y el del Príncipe Oscuro). Sabía que eso le mataría sin duda, pero también afectaría al resto del Nudo. Por el bien de la misión y de mis compañeros, que no debían sufrir el castigo a la traición del drow, renuncié a hacerlo. Con la furia consumiéndome, liberé inofensivamente las energías mágicas, y me limité a aprestar mi arma para golpearle si se le ocurría volver a intentar atacarme.

Dialogamos, y llegamos a una tregua hostil e inestable, pero es indudable que volverá a atacar más pronto que tarde. A la hora de escribir estas líneas, he tomado mis precauciones para prevenir daños mayores, pero su cobardía y malicia seguramente harán que no ataque de frente y que busque otra manera de perturbar los planes del Nudo.

Creo que mis compañeros no son conscientes de lo terrible que ha sido esta jornada y de lo cerca que hemos estado del fin. Primero, el inquisidor y su hueste estuvieron a punto de vencernos. Si yo no hubiera estado en mi habitación, si hubieran sorprendido a otros dos miembros cualesquiera del Nudo, dudo que hubieran podido mantener la línea el tiempo suficiente como para que el resto se movilizara. Si hubiéramos perdido a dos miembros del Nudo, la misión hubiera quedado claramente comprometida, pero peor aún, si hubieran capturado a cualquiera de nosotros especialmente al nigromante, como era su intención, hubiera sido literalmente como entregarles las llaves del Cuerno. Conocerían la disposición de todas las defensas y la forma de inutilizarlas, los defensores y sus rutas de patrulla, las palabras de mando de los teleportadores y la entrada secreta al Sánctum. No hay duda de que habrían vuelto con un verdadero ejército, atacado sin que pudiéramos saber desde dónde en nuestro punto más vulnerable y aniquilado a todos los habitantes del Cuerno.

Con todo, esta no es, a mi modesto juicio, la peor amenaza, pues a pesar de lo potencialmente catastrófico de la situación, logramos conjurar la amenaza y cerrar la brecha de seguridad en el Cuerno para siempre. No, la amenaza más terrible es el drow, pues su traición es tan insidiosa como segura. No hay duda y en ello coinciden el resto de miembros del Nudo de que pretende hacerse con el poder y de que está amargado y colérico por la derrota sufrida. ¿Quién sabe qué podría hacer al darse cuenta de que ahora que hay un verdadero asmodita en el Cuerno jamás JAMÁS podrá torcer el propósito del Nudo para sus perversos fines? ¿Que no podrá alejarnos de la luz del Príncipe de los Infiernos? ¿Qué podría hacer un miembro de una especie como la suya, patológicamente inclinado y dotado para la destrucción sin sentido y el culto a los demonios? Ruego a su Excelencia Infernal que reflexione sobre este punto con la gravedad que merece, y que tome las medidas que estime oportunas.

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Semanas 13-15 – Quinto informe

Su Infernal Excelencia,

Tengo noticias, algunas buenas y otras preocupantes.

Después de interrogar al clérigo de Mitra que acompañaba al inquisidor, descubrimos que éste llegó hasta nosotros siguiendo el rastro de gloriosa destrucción que sembró Tiadora en el viaje de los miembros originales del Nudo al Cuerno. Parece que de alguna manera mientras investigaba estos incidentes se dio cuenta de nuestros propósitos, o al menos de nuestra presencia y del hecho de que estábamos llevando a cabo un ritual de importancia crítica. Igualmente, parece que habló con la abadesa de Santa Cinthia Celeste, en Farholde, y que de alguna manera averiguó la existencia del cuarto teleportador y de la forma de introducirse en el Cuerno. El inquisidor está muerto, pero indudablemente la abadesa se hará preguntas, y podría encontrar otros fragmentos peligrosos de conocimiento, como nuestro verdadero objetivo. Su Excelencia dirá si quiere que acabemos con este cabo suelto.

Sin embargo, me complace informar a su Excelencia de que hemos realizado el segundo sacrificio a Vetra Kali, una fiel verdadera de Mitra, y que el demonio lo aceptó gustosamente. El ritual prosigue imparable. Además, gracias a mi creatividad mágica, logramos proyectar las imágenes del sacrificio a toda la guarnición, permitiendo que se deleitaran con el sufrimiento de la sacerdotisa. La moral es alta, y los hombres están seguros de la victoria final.

Como muestra de que nuestras acciones complacen al Señor de los Infiernos, hemos recibido su gracia: tras semanas de torturas y de socavar lentamente la cordura del clérigo enano y el ifrit que capturamos del ataque de los aventureros, éstos han jurado lealtad a Asmodeo. Más aún: el clérigo enano ha abrazado fervorosamente la fe infernal, y el propio Asmodeo le recompensa con conjuros menores, símbolo seguro de su aceptación. Ambos son ahora poderosos defensores del Cuerno.

Por otra parte, surgió otra amenaza al Cuerno. Gracias al barón Vandermir descubrimos que un predicador de Farholde estaba teniendo un inesperado éxito últimamente en sus delirantes sermones, y estaba animando a los habitantes a formar una milicia para asaltar el Cuerno. Nuestro primer instinto fue eliminarlo, pero llegamos a la conclusión de que podría convertirse en un mártir. Finalmente, decidimos secuestrarlo. Una vez en nuestro poder, le arranqué la cara, y mediante los poderes divinos de que me dota el Príncipe de las Tinieblas, fui a Farholde y le suplanté en un último sermón, que concluyó fingiendo mi propia muerte en las llamas divinas y animando a los palurdos locales a sospechar de sus vecinos y a matarlos ante cualquier sospecha de que son asmoditas. Como resultado, Farholde está sumido en el caos de una caza de brujas… contra sí mismo.

Además, unos días después descubrimos que el castellano de la fortaleza de Farholde está definitivamente instalado. Esto es importante no sólo por su posición como comandante de las fuerzas militares en la ciudad, sino porque hemos descubierto que se trata de uno de los últimos descendientes del Victorioso, lo que lo convierte en un candidato ideal para el tercer y último sacrificio que debemos hacer para completar el ritual. Continuando con mi misión de infiltración, utilicé mi conocimiento de las debilidades humanas para investigar sobre posibles debilidades. Me complace informar de que descubrí que cada mes se dirige solo a una herrería local para que reparen sus armas y armadura. La próxima vez será en dos semanas. Definitivamente, es un momento óptimo para emboscarle y secuestrarle.

Semana 16 – Sexto informe

Su Infernal Excelencia,

Escribo estas líneas apresuradamente. Hemos sufrido otro ataque, aunque esta vez parece ser una monstruosidad no muerta: un ser espiritual de puro odio que acecha en el Cuerno, acabando con todo aquel que se cruza en su camino. Acabo de llegar de Farholde, y estoy reunido con el resto del Nudo a la entrada del Cuerno mientras discutimos qué hacer. Los informes son confusos y contradictorios. Volveré a escribir con más detalles una vez que la amenaza haya sido eliminada.

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Sesión 20
Los Pecados de Posca

Los pecados de Posca

De nuevo el enano despertó. Apenas abrió sus ojos amoratados pudo recordar donde se encontraba, mientras el aturdimiento propio del sueño abandonaba lentamente su cabeza. Una y otra vez se preguntaba cómo había pasado todo esto. A veces, reflexionando en los confines de su celda, dolorido por los golpes y con sus ojos hinchados escrutando la oscuridad, todo le parecía extrañamente irreal, como si aquello se tratase sólo de un mal sueño. Pero desgraciadamente los demonios que lo atormentaban eran terroríficamente reales. Ahora su único consuelo era lamentarse, y seguramente morir. El enano rezaba a los dioses, a todos de cuántos en alguna ocasión había oído hablar, para que esa muerte llegara pronto y que fuera rápida.

Recordaba como hacía unas semanas él y sus tres compañeros encontraron un antiguo diario en un populoso mercado de Magnimar. Tasker siempre decía: “ Toda gran aventura comienza siempre en Magnimar y toda gran aventura se encuentra repleta de riquezas”. Recordaba como su amigo semiorco siempre pronunciaba estas palabras con una sonrisa de oreja a oreja que iluminaba su rostro mientras dejaba a la vista su potente dentadura. Cuando el mercader les habló sobre el autor del diario, Sir Sadrith Rensor, joven escudero de Lord Robston Faltzror, les explicó como este caballero en sus días de juventud participó en la conquista de un templo llamado el Cuerno de Abaddon, utilizado por Los Hijos del Jinete Pálido como base de operaciones para extender la muerte y la pestilencia por toda la isla de Talingarde. El mercader hablaba de las grandes riquezas que los caballeros dejaron atrás en aquel lugar maldito por los dioses. Riquezas que esperaban a aquellos intrépidos que tuvieran el valor suficiente para adentrarse en las profundidades de la tierra a reclamarlas. Puede que los supersticiosos lugareños de Farholde, la ciudad cercana al Cuerno, no pudieran reunir el valor de hacerse con sus tesoros, pero los cuatro valientes compañeros consideraron que no resultaría muy difícil saquear un lugar abandonado hace casi un siglo y que sin duda un viaje de unas semanas en barco valdría la pena.

Traya, la hechicera humana que lideraba el grupo, decidió comprar aquel diario pese a su elevado precio mientras Hassan, el enorme ifrit que aportaba fuerza bruta al grupo, amenazó al hombre con volver a visitarle si aquel diario resultaba ser falso.

Pero el diario era totalmente auténtico. Cuando los cuatro desembarcaron en Farholde se encontraron con una pequeña y aislada población. Allí realizaron algunas pesquisas y dieron en el antiguo distrito del templo, ahora ocupado por varios mercaderes, con una antigua carta escrita por Lord Robston a su esposa. Lo último que aquel caballero escribió en toda su vida.

Malditos mercaderes. Posca se lamentaba mientras realizaba un doloroso intento por estirar sus maltrechos miembros dentro del poco movimiento que le permitían aquellos grilletes de hierro. Malditos todos los mercaderes y el dios que les ampara. Maldito Abadar. Maldito Cuerno de Abaddon y maldito el día en que su codicia lo condujo a este lugar. Sabía que sus compañeros lo consideraban un avaro cuya única motivación era el oro. La primera vez que puso sus pies en esta isla lo hizo con la codicia brillando en sus ojos y ahora la desesperación era lo único que se podía ver en ellos.

Sus esfuerzos por desentumecerse provocaron un suave tintineo metálico en las cadenas. Posca, antes llamado el Mercader, sospechaba que esos grilletes estaban hechizados para dificultar su huida. Desde el momento en que le fueron puesto todo deseo de escapar desapareció de su espíritu y su ánimo se tornó letárgico y sumiso. Maldita magia. Malditos magos. ¡Que insoportable dolor al saberse olvidado por Abadar!. Malditos dioses.

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Tras unos días en el pueblo consiguieron unas indicaciones que parecían suficiente para localizar el Cuerno de Abaddon. Pero resultaba muy difícil orientarse en la espesura de aquel bosque. Vagabundearon varios días hasta dar con el claro donde se erguía, maligna y majestuosa, la espira que albergaba el templo. Aquella monstruosidad ya vislumbrada de lejos provocaba respeto. Sin duda algo pasaba en los alrededores del Cuerno. Un aura de maldad antinatural rodeaba todo el lugar y la vegetación del bosque se tornaba gris y mortecina en los bordes del claro. Tasker saltaba aquí y allá sobresaltado jurando que algunas de esas plantas se movían como si tuvieran vida propia. Si tan sólo le hubieran escuchado. Posca sentía claramente el poder y la maldad que emanaban del Cuerno, pero se lo ocultó a sus compañeros por miedo a desanimarlos y que quisieran marcharse sin hacerse con los tesoros del templo. Posca estaba aquí por el oro y no pensaba marcharse con las manos vacías. Como siempre, Traya se mantuvo en calma y logró mantener centrado al grupo en su objetivo. Ella por su parte no paraba de preguntarse qué poderosos artefactos mágicos hallaría en aquel templo, qué poderosos hechizos serían suyos cuando lograra penetrar en sus secretos.

Pobre Posca. Aún recordaba cómo la humana lo había convencido hacía ya tantos años para que se uniera a su grupo. Aquella humana era capaz de convencer a cualquiera y más aún con la promesa de obtener grandes riquezas. El grupo no había marchado demasiado mal durante los años que permanecieron juntos, había obtenido algo de oro y algún objeto mágico, pero nunca terminaron de destacar y sin duda su incursión al templo sería esa aventura de la que hablarían en las tabernas durante los años venideros, sería La Aventura.

Al entrar en el claro vieron que el templo contaba con una entrada a nivel del suelo que parecía el acceso a una especie de cueva subterránea y luego dos entradas más subiendo por una angosta escalera de piedra que describía una enorme espiral en torno al Cuerno. La primera entrada se encontraba ya a bastante altura y la segunda unos quince metros metros aún más arriba. Mientras ascendían, con Tasker a la cabeza, comenzaron a sospechar que el templo no se encontraba tan abandonado como les habían hecho creer. La escalera se encontraba más limpia y despejada de lo que cabría esperar en un lugar abandonado. Con un gesto de la mano, Tasker, adelantado varios metros, detuvo al resto del grupo. Les señaló con urgencia unas viñas sujetas con ligeras cadenas de acero a la ladera de la espira. Los zarcillos de aquellas plantas de color rojo sangre parecían moverse hambrientos hacia ellos, agitándose en sus ataduras. Tasker indicó al resto del grupo que si pasaban pegados al lado opuesto de la escalera podrían continuar la subida sin peligro y reemprendieron la marcha. Unos pocos minutos más y ya se encontraban a un centenar de metros de la puerta. Justo cuando el grupo comenzaba a tensarse y extremar las precauciones, Traya miró al suelo bajo sus pies y comenzó a gritar a Tasker que al parecer a su paso frente a ellos había activado algo, pero la advertencia quedó interrumpida y un súbito estallido de una bola de fuego ahogó por completo sus gritos. Los tres miembros del grupo que iban detrás de su explorador sufrieron terribles quemaduras. Mientras Tasker pegaba su espalda contra la pared de piedra de la ladera intentando ocultarse entre las sombras, aguzó su entrenado oído en busca de señales de que el avance del grupo hubiera sido advertido. Mientras sus tres compañeros se curaban repartiendo sus pociones curativas y las bendiciones divinas de Posca, las señales de alarma no tardaron en llegar. Un poderoso tañido de campana parecía avisar a los habitantes del Cuerno de que los intrusos se aproximaban a su refugio. A esta campana le siguió otra y durante unos minutos tañeron las dos al unísono con toda su fuerza retumbando en los oídos de Tasker. Tras unos minutos cesó el ruido que dio lugar a un silencio absoluto. No había voces de alerta, ni cierre de puertas o movimiento de rastrillos, ni ruidos de pasos. Nada. Sin duda todo aquello resultaba siniestro, pero Traya reforzó al grupo con su liderazgo y explicó al resto que debían caminar con cuidado para poder evitar otros glifos mágicos que se encontraran en el suelo. Sin duda los habitantes del Cuerno tenían acceso a poderosos hechizos y habían invertido mucho oro para salvaguardar sus secretos.

Unos pasos más adelante, Traya fijó su atención en una calavera de ojos resplandecientes que colgaba de una gruesa cadena de la ladera de la espira, a un par de metros sobre sus cabezas. Aquella calavera apestaba a magia nigromántica. No conocía ese hechizo, pero supuso que se trataba de algún tipo de observación mágica. Con unas palabras convocó un pequeño estallido de fuego que derritió el cráneo dejando tan sólo una cadena humeante colgando del muro.

El grupo avanzó cauteloso hasta la entrada. Tan sólo una oquedad del tamaño de una puerta grande permitía penetrar en el templo. Al final de un largo pasillo únicamente se vislumbraba un muro que llegaba a la altura del pecho de un hombre y tras éste el pasillo giraba en una ele. El muro no dificultaba el acceso al doblar el pasillo, sin duda se trataba de un puesto defensivo con espacio suficiente como para que dos tiradores con arcos o ballestas se atrincheraran allí. El puesto estaba vacío y el pasillo parecía desocupado. Tasker, pegado a una de las paredes intentaba atravesar el espacio de la entrada cuando, con un crujido de huesos, un par de flechas pasaron silbando en sus oídos. Sus entrenados reflejos lo impulsaron hacia atrás esquivando ágilmente los proyectiles. Despacio asomó de nuevo la cabeza al interior y pudo ver a sus atacantes. Todo el pasillo se encontraba flanqueado por pequeñas aberturas que permitían disparar a los defensores al otro lado del muro. No le hizo gracia saber que esos defensores eran una decena de esqueletos.

Cuando lo comunicó al grupo fue Posca quien avanzó primero, invocando el poder de su dios para destruir a la plaga no muerta. Con unas pocas palabras cuatro de aquellos esqueletos se deshicieron en polvo de hueso. Mientras el enano avanzaba entre una lluvia de flechas el resto del grupo penetraba en el templo que se convertiría en la tumba de varios de ellos. Traya logro colocar un potente hechizo de bola de fuego al otro lado del muro que protegía a los esqueletos, convirtiendo la habitación contigua en una nube de polvo y ceniza. El hedor resultaba insoportable. Mientra Posca recurría de nuevo a los dones de Abadar para acabar con el resto de sus atacantes, los auténticos defensores del cuerno hicieron su aparición precedidos por un tremendo estruendo metálico. Tasker avisó a sus compañeros, pero por la expresión preocupada de éstos comprendió que habían escuchado el ruido de lo que parecía todo un ejército cayendo sobre ellos. Tasker se dispuso a salir a su encuentro deseando dejar atrás aquel pasillo que seguía siendo ideal para sufrir una emboscada, pero se detuvo justo a tiempo, cuando sus pasos activaron una trampa de foso. Ante él el suelo cayó por el lado opuesto chocando contra la pared bajo él como un puente de madera al que le hubieran cortado sus cuerdas. Bajo sus pies se abría ahora una caída de quince metros. El resto del grupo miró desorientado el ahora desaparecido pasillo. Antes de recuperarse de la sorpresa, del final del pasillo emergió el primero de los habitantes del Cuerno, un humano con un camisote de mallas parcialmente cubierto por su pelaje, de ojos fieros y movimientos precisos que lanzó un certero flechazo con un enorme arco, cuyo cordaje sufría por la fuerza de los recios brazos de su dueño. Tras él, una enorme figura totalmente cubierta por una armadura completa y un enorme escudo metálico de torreón, avanzaba con paso firme y seguro hasta situarse frente al muro mientras con su cuerpo y con su escudo se esforzaba en ocultar al tercer miembro del grupo. Éste se trataba sin duda de algún tipo de demonio, de piel rojo sangre, cola como un grueso látigo y afilados cuernos y colmillos. La figura acorazada, empuñando una enorme arma de asta con doble cabeza, una de pico y otra de martillo, con una sola mano, no parecía albergar ninguna intención de atacar, su función era otra, proteger a su temible maestro. De donde se encontraba aquel demonio emergió una mano fantasmal que descargó su gélido toque sobre Traya, quien exhaló un alarido y quedó completamente paralizada mientras un espeso líquido maloliente exudaba de su cuerpo, haciendo que Hassan y Posca sintieran debilidad y náuseas. Tras el demonio otra figura fuertemente acorazada penetró en el pasillo profiriendo gritos con una voz potente y autoritaria resonando dentro de su yelmo mientras los cuatro invasores sentían todo el peso de las maldiciones de los dioses del mal sobre ellos.

La situación era desesperada pero el grupo aún se sentía con ánimo de luchar. Invocando los dones de Abadar con más fuerza que nunca, Posca logró liberar a Traya de su hechizo, aunque él debería seguir combatiendo sus náuseas. Traya se recompuso y utilizó todo el poder mágico que pudo reunir para convocar una poderosa bola de fuego que afectara a su atacantes. La bestia que empuñaba el arco rugió y de un certero flechazo atravesó el corazón de la hechicera. El demonio simplemente ignoró la bola de fuego mientras extrañas luces de energía se arremolinaban a su alrededor y un grupo de espectrales calaveras salieron corriendo desde él hasta el exterior del templo, al parecer liberadas de su control. El poderoso sacerdote continuaba sus cánticos malditos ignorando el dolor de las quemaduras a pesar del humo que despedía su armadura.

Harto de enfrentarse a enemigos desde lejos, Hassan decidió saltar al otro lado del foso junto con Tasker y enfrentarse a sus enemigos cara a cara. Instante antes de saltar, la espectral mano convocada por el demonio lo acarició con su gélido toque y sus potentes piernas fallaron precipitándose al vacío. Tasker, presionado por las flechas de aquel hombre bestia y las maldiciones del impío sacerdote acorazado también falló su salto y fue a caer junto a su compañero a una oscura celda varios pisos más abajo.

Aquello fue demasiado para Posca, quien se vio vencido por el miedo y huyó de aquel lugar de pesadilla. Lo último que pudo sentir antes de salir por la entrada del Cuerno fue el aire a su espalda provocado por el poderoso salto del hombre bestia en su persecución. Mientras Tasker y Hassan intentaban luchar contra los barrotes que los aprisionaban pudieron ver como el demonio y su siniestro guardián se acercaban al borde del foso. Una vez más, la mano espectral que surgía del demonio se acercó a ellos y descargó sobre Tasker una onda de electricidad que recorrió su cuerpo con tanta violencia que los espasmos que provocó le rompieron el cuello. Sin pensarlo, el sacerdote del mal saltó al foso. Mientras, el hombre bestia se divertía dando caza al enano al que, de forma prolongada, golpeó hasta dejar inconsciente, como un gato que juega con un ratón.

Cuando el sacerdote se lanzó a la celda, un brillo salvaje se apoderó de los ojos del ifrit con la renovada esperanza de morir en un justo combate. Pero ni los dioses ni mucho menos los demonios eran justos y una y otra vez rayos de energía maligna salían de las manos del nigromante para drenar la fuerza física de Hassan. El sacerdote además se mostraba como un despiadado combatiente y finalmente Hassan, desprovisto de su resistencia, de su fuerza física y de su orgullo cayó de rodillas frente a él. Lo último que sintió antes de desmayarse fue un guantelete acorazado que se estrellaba contra su sien.

Eso era todo, ahora Posca se encontraba encadenado mientras en otra celda al final del pasillo se encontraba Hassan. El antaño orgulloso ifrit se encontraba tan débil que todas su ansias de batalla habían desaparecido. Ahora contaba con poco más fuerza que un niño y según los conocimientos mágicos del enano aquellos hechizos que le habían dejado en ese estado eran permanentes a no ser que recibiera ayuda mágica.

Ya llevaban allí encerrados lo que según sus cálculos era toda una semana. Y durante esa semana no pasaba un sólo día sin que el sacerdote impío le hiciera una visita durante la cual le torturaba. Posca ya les había contado a él y al demonio todo lo que sabía el primer día, las otras seis sesiones de “juegos” fueron puramente por diversión. Una vez obtenida la información, el demonio parecía haber perdido el interés en él y ahora lo mostraba por Hassan, sometiendo al ifrit a todo tipo de interrogatorios y pruebas y apuntando los resultados, en una ocasión lo había rociado con ácido sólo para ver si los ifrit pueden resistirlo, anotando su resultado negativo mientras Hassan se retorcía de dolor.

Todo esto no podía ser real pero lo era. ¿Qué clase de dioses permitirían que existieran criaturas como estas?. Entonces recordó haber escuchado a un sacerdote de Mitra poco después de llegar a Farholde decir en una ocasión “Toda luz arroja sombras y la luz de Mitra es la más brillante de todas”.

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